Mathias Malzieu: “Lana del Rey cuando se enfada es hipnótica”

La compara con la sirena de su último proyecto

Una sirena en París

Mathias Malzieu nos trae su fábula sobre el amor. / Cartel de la película

Mathias Malzieu es un artista en todo su concepto, o como él diría, un ‘sorpresista’. Una de esas personas cuya vida gira en torno a la imaginación y la creatividad. Lo mismo escribe una novela, que hace una película o graba un disco. De hecho, lleva tiempo concibiendo sus proyectos como un todo que incluye las tres cosas.

Este francés que lo mismo recorre Islandia en skateboard como dirige un pequeño teatro en su París natal, presenta Una sirena en París. Un cuento o fábula de esas que nos hacen creer en el amor, el de verdad, el que nos retrotrae a tiempos pasados cuando las webs de citas no existían.

Su protagonista es un músico idealista y romántico que está bloqueado tras sufrir una ruptura amorosa. Vive anclado en el pasado y su objetivo es mantener a flote el Flowerburguer, un barco reconvertido en restaurante con club clandestino en el que toca cada noche.

Tiene un gato que se llama Johnny Cash, una querencia especial por Leonard Cohen y un concepto de belleza que se asemeja a lo que representa Lana del Rey.

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Ha pasado por España para presentarnos su nueva creación, la que toma el testigo de su última autobiografía que relataba el proceso que vivió al enfrentarse a una dura enfermedad y que supuso para él un gran aprendizaje.

Grabar una canción con una sirena… eso es algo de lo que sucede en esta historia ¿qué límites tienen tus sueños?

El deseo. El deseo es el límite del sueño. Cuando uno tiene deseo, todo es posible. Si tienes ganas de hacer, si quiere pescar, preparas tu caña, tienes paciencia y lo mismo pescas. A lo mejor no, pero si te levantas y te pones a pescar, lo mismo lo consigues. En los sueños igual, hay que estar ahí, en tu cerebro, en tu cabeza, hay que tener paciencia y ser un apasionado.

Y ser un idealista…

Sí, ser un idealista. Pero eso no tiene que ocultar el hecho del gran interés que suscita también el accidente, el fracaso, el imprevisto, el erro…porque si uno es un idealista que quiere hacerlo todo perfectamente, no avanza nunca. Cuando uno se encuentra con una dificultad, es interesante. Es como la historia del libro. Gaspard se quiere proteger, está traumatizado, está instalado en su pasado, no quiere amor y se auto convence de que ya no es capaz de amor pero es una negación, es una manera de protegerse. De repente llega esta mujer, es la ultra mujer, ultra deseable, muy peligrosa para él. Es una sirena metafórica. Me gusta la idea del cuento pero, cuenta algo muy real. Las sirenas existen. Yo me he encontrado con algunas, aunque no tuvieran aletas.

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Una ultra mujer que logra que Gaspard deje de negarse al amor aunque lo suyo sea imposible, ¿cruel, no?

Sí, es verdad que es un poco cruel pero lo que creo que es muy positivo es que se pueda encontrar consigo mismo. Se había extirpado la capacidad de estar enamorado y aunque es un amor imposible, vuelve a sentir amor y se vuelve a encontrar consigo mismo aunque sufra. Es un camino muy positivo para mí.

La sirena tiene un repertorio de melodías que matan y melodías que sanan, ¿tiene la música tanto poder?

Sí, le doy mucho poder a la música porque creo en ella, yo la practico. Yo creo que cantar le sienta bien a la salud, de verdad, desde el punto de vista de la respiración…es algo que hace bien. Por ejemplo Johnny Cash o Leonard Cohen, cuando escucho ese tipo de música…te tienes que deprimir, es muy triste pero a mí me levantan la moral. Sin embargo, las demasiado pop me deprimen realmente. Esa alegría fabricada, me deprime.

Al final es una cuestión de contrastes, tú el eterno optimista y la música que escuchas… todo lo contrario.

Bueno, no es pesimista, la melancolía también puede tener belleza. Leonard Cohen es un buen ejemplo. Luego también me gusta la música para bailar, más festiva, por supuesto. Pero es verdad, paradójicamente, cuando estoy deprimido, Leonard Cohen es como que me llega, con canciones de fuego de chimenea.

Hablas de los ‘sorpresistas’, las personas que necesitan estar en constante estado de creación y que abanderan la imaginación. Pregunta vital: ¿Se hacen o nacen?

Yo creo que nacemos con una cierta naturaleza para ser ‘sorpresista’, ya tienes que tener una sensibilidad un poco pronunciada pero, después, se trabaja, se cultiva, como un jugador de fútbol. Nace con agilidad, rapidez, pero si lo trabaja en los entrenamientos, no llega a nada. En un ‘sorpresista’, un narrador o un artista, aunque tenga un talento, es el deseo, el trabajo, y el valor, los que va a hacer que llegue a su fin, si no, imposible.

El de Una sirena en París, Gaspard, es un idealista que parece vivir más en el pasado que en el presente, ¿es tu caso?

No, he exagerado un poco. Siento ternura por los recuerdos y me gusta llamar fantasmas a mis recuerdos, pero hay algunos que hacen mal y otros que hacen bien. Y luego hay que seleccionar. El equilibrio está entre Gaspard y Camille. Camille quiere quitarlo todo y Gaspard quiere conservarlo todo y yo estoy entre los dos. Realmente, yo tengo tendencia a ser como Gaspard porque tengo una relación con la nostalgia un poquito gozosa… objetos, fotos… me gusta conservar, como alguien con el síndrome de Diógenes, si quieres, pero, también aprendo a seleccionar los objetos, los recuerdos, las relaciones, para aligerarme un poco.

Hablas de fantasmas malos, ¿cuáles son esos?

Algunas personas, pocas, pero las he detectado muy claramente. Hace cinco años, cuando enfermé, la enfermedad hizo una selección, no fui yo, se hizo sola. Un poco como el éxito. Cuando empiezas a dar conciertos más grandes o publicas libros, hay amigos que se han quedado como estaban, no han cambiado y hay otros que han cambiado de actitud. Y yo no lo entiendo porque yo soy el mismo. Cuando uno enferma es lo mismo. Uno es el mismo pero tienes que arreglar el problema y hay gente que se queda ahí, firme como una roca, y hay otros que me dejaron, y eso me enfadó mucho. Cuando empecé a mejorar me di cuenta que seguir enfadándome con ellos, aparte de hacerme daño y de mantener la llaga abierta, no servía de nada.

La abuela del protagonista marcó mucho su vida, ¿tú has tenido alguien así en tu vida?

La madre de mi padre, yo tenía cuatro años cuando murió, no la conocí, pero escondía a gente de la resistencia durante la II Guerra Mundial, de verdad, no la conozco, es como un fantasma, pero hay realidad. La abuela por parte de mi madre, también, venía de Argelia, pero era de origen español, andaluz, a la que he querido muchísimo, era también un personaje bastante fantasmagórico porque bailaba, le gustaba acoger a la gente y eso lo heredó mi madre. Yo me parezco más a mi padre, físicamente, de la Lorena francesa, pero esa esencia del espíritu mediterráneo lo he heredado. Me gusta mucho la familia, por eso mi grupo, Dyonysos, es el mismo desde hace 26 años. Trabajo con gente que me gusta y a la que quiero. Y a los actores de mis películas, los quiero, me gustan, son como mi familia. Necesito querer a la gente para trabajar con ellos. A lo mejor es un error. Pero es gente que trabaja para realizar tu sueño.

Entonces has creado tu propia familia para realizar la peli de este libro (en la que se incluye Rossy de Palma). A diferencia de La mecánica del amor, esta no es una peli de animación, ¿cuál ha sido el mayor reto?

El desafío es el plató. En animación haces un storyboard y la película se parece a lo que yo había diseñado cuatro años atrás. Cuando dices acción está todo en marcha y no puedes controlarlo como en un ordenador. Es como el timón de un barco, tiene que auto gestionarse. Es todo diferente y me ha encantado porque es la vida.

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Gaspard ha pasado por una ruptura que le ha dejado de bajón pero, ¿no es precisamente el desamor una de las fuentes de inspiración más fuertes, por lo menos en la música?

Enamorarse es muy inspirador también, no solo el desamor. Yo no soy un poeta maldito, amante del blues, que cree que cuando sufre crea mejor, no. He hecho canciones que hablan de la historia anterior de Gaspard y luego se enamora, el corazón del éxito es ese. A Lula le dice que si no hay amor, desaparece, es la mayor inspiración el amor. Enamorarse, es un poco adolescente, pero lo mejor es seguir enamorado, eso es lo más valiente. Enamorarse, un flechazo, eso es fácil, pero seguir enamorado, eso requiere mucho más coraje y creo que es más inspirador.

“El amor es como la alegría pero pincha”, ¿cuándo y cómo llegaste a esa definición del amor?

Es peligroso, puede hacer daño. Es como la posesión, cuando uno posee algo, empiezas a tener miedo de que te lo quiten. A veces tienes algo y puedes perderlo y eso es doloroso. Pero cuando amas, es precioso y cuando lo pierdes, hace daño.

Ni rastro de redes sociales, webs de citas, e-mails… ¿un respiro para los analógicos?

Es normal porque el personaje vive en el pasado y no lo veía. A mí me encantan las redes sociales, puede ser una herramienta creativa. En IG me encanta escribir historias, 15 segundos, un aforismo. Es una herramienta para comunicar. Mis efectos, al final, son un poco vintage. Creo que el presente tiene que ser una mezcla entre el pasado y el futuro.

Otro de los sentimientos que navega en esta fábula está el de la venganza, ¿una forma de explicar que el amor puede cegarnos?

Es un motor, me gusta la idea, sin desvelar demasiado el final, es que el personaje que se venga se da cuenta de que no sirve para nada. Hay momentos en los que yo he querido vengarme. No soy agresivo pero cuando me atacan puedo responder. Pero la maduración de la venganza, eso de que es un plato que se sirve frío, eso no me va. Yo reacciono inmediatamente, no me va concebir un plan de venganza. Es una pérdida de tiempo. El personaje de Milena, es extremo y quería tener un malo que la gente entienda, tiene que haber una razón que nos haga comprender por qué es así.

Comparas a tu sirena con Lana del Rey, ¿es un referente de belleza para ti?

Me marcó bastante cuando cantó la canción de Maléfica. Es una canción de Disney pero cantada por Lana del Rey, super oscura. Tiene un aspecto de sirena, es guapa cuando se enfada. Cuando se ríe dices ‘qué guapa, qué bonita’ pero se le escapa el encanto. Pero cuando se enfada, se pone de morros y canta grave, es hipnótica. Tiene ese aspecto de criatura mágica, sirena. Creo que Gainsbourg le habría hecho canciones.

Gaspard tiene una máquina en la que los clientes pueden grabar sus mensajes y llevárselos para dárselos a alguien, ¿qué mensaje grabarías tú, a día de hoy, en esa máquina?

Tengo una. Dirijo un pequeño teatro en París donde comenzó Boris Vian, no es la misma máquina que en el libro y la película pero cuando hacemos conciertos la gente registra su vinilo y se lo lleva, como si fuera un fotomatón de discos. Hacemos veladas sorpresivas en las que se cruza lo real y lo sorpresivo. Lo que más me ha gustado grabar en esa máquina es una historia propia.

¿Y me la puedes contar?

Me injertaron médula ósea por sangre de cordón umbilical que venía de una madre que había dado a luz. El libro se publica en Alemania y gracias a él, encuentro a la madre que había donado el cordón para salvarme a mí. En Francia y en España no se puede publicar el código genético, pero en Alemania, sí, y fui a ver a esa hija, mi gemela de sangre, y a mi segunda madre biológica, porque me había salvado la vida. En esa máquina grabé una canción que se llamaba Familia, que había compuesto para la madre y la hija, y en bicicleta eléctrica fui a Dusseldorf a entregarles el disco que había grabado para ellas.


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