Eneko Sagardoy: “Todas las heridas, si están mal cerradas, volverán a infectarse”

El protagonista de 'Campanadas a muerto' y 'Handia' y una de las estrellas corales de 'Patria' reflexiona sobre la industria del cine vasco, la polémica con ETA en HBO y su última película en euskera

Eneko Sagardoy entrevista Campanadas a muerto

Eneko Sagardoy acude a un estreno teatral en La Latina, Madrid, en septiembre de 2018 / EP vía Getty Images / Europa Press

La carrera profesional de Eneko Sagardoy ha experimentado un ascenso meteórico desde su paso por Handia, probablemente la cinta en euskera más exitosa del siglo XXI. Aquel gigante le convirtió en un rostro conocido de nuestra industria, y desde entonces –2017– no le han parado de llover proyectos, la mayoría rodados en su tierra: El hijo del acordeonista, Cuando dejes de quererme o la miniserie Hondar Ahoak.

Este 2020 ha estrenado la excelente aunque dolorosa serie de HBO Patria, que fue injustamente acusada de blanquear el terrorismo etarra por una promoción ambigua, y la peculiar e independiente Campanadas a muerto, un thriller rural con componentes trágicos, casi shakespearianos, sobre una madre (Itziar Ituño) y un hijo (Eneko Sagardoy) que buscan esclarecer el crimen de su padre, lo que los llevará a revolver unas heridas del pasado que nunca se cerraron.

Hablemos de Campanadas a muerto. Es una película que mezcla un drama trágico con un thriller rural de autor. Tiene todos esos elementos independientes y dramáticos pero sigue los códigos del cine de suspense. ¿Dónde la encajarías?

Totalmente. Yo sigo diciendo que me parece un thriller que va por debajo de la piel, una película con un suspense muy diluido que puede generar el equívoco de no parecer un thriller por el tamaño de los planos, la duración, el silencio o la frialdad de los personajes. Pero esta aparente dilatación de una atmósfera tan extraña lo que genera es una tensión cada vez mayor gracias a la cual el público intuye que algo trágico se avecina y que el destino de todos los personajes va a explotar. Creo que al principio puede parecer una película inofensiva, pero según avanzan los minutos esa tensión y ese desasosiego es palpable.

Itziar Ituño me contó que durante el rodaje le desconcertó que el director no os diese prácticamente directrices sobre la psicología de vuestros personajes, que no había vivido nunca algo así.

Para mí fue maravilloso porque significa que el director no quería tenerlo todo controlado. Eso me recuerda a lo que me dijo un director teatral cuando le pregunté de dónde venía un personaje, y me respondió: ‘desde bambalinas’ (risas). Hay algo de eso en Campanadas a muerto, de otorgar libertad al actor. Me encanta porque deja entrever que todos los caminos pueden llevar al mismo puerto. A veces parece que nos obsesionamos con tenerlo todo cubierto pero otras veces, según qué película y su naturaleza, partir de esos vacíos puede llevarte a resultados muy diferentes. Yo tuve una necesidad grandiosa de inventarme quién era Néstor [su personaje] fuera de lo que enseñaba la película, porque de lo contrario se me hacía difícil de entender. No comprendía que en la situación en la que se encontraba y con una herida como la que tenía él repsondiera con tanta frialdad y pocas palabras. Para llegar ahí tuve que reconstruir el pasado del personaje.

¿Cómo describirías a Néstor? ¿Quién es realmente?

Néstor es un chico que ya no ve la puerta de dar marcha atrás. Creo que en su momento tuvo la oportunidad de reconducir su vida pero él siente que ya esta tarde. Por tanto, es alguien que se deja llevar por la corriente del río y que se siente fuera de juego. No se siente ni perdedor. Si te sientes perdedor tienes la inercia de ganar, pero Néstor es totalmente uno de esos personajes grises, inanimado, dejado. El único motor o impulso que encuentra reside en la ira, que también la tiene bastante soterrada por todos los años que han pasado.

La película está llena de subtexto y subtramas que sugieren cosas, como la corrupción política, el narcotráfico, el conflicto terrorista… Todo eso está ahí flotando pero sin materializarse en elementos concretos. ¿Qué quiere contar la película?

Es verdad que tenemos todos esos conflictos transversales como con un ruido de fondo, pero realmente son excusas para hacernos una pregunta básica: ¿Hasta qué punto puede el pasado conquistar el presente? ¿Contamos con él y lo tenemos en el día a día? Yo creo que la dirección de Imanol, de no querer distinguir cuándo saltaba en el tiempo, de difuminar esas líneas, va en ese sentido de hacer que el espectador se pregunte dónde está. Estar en los pensamientos y en los recuerdos a veces no es fructífero porque no nos deja avanzar.

¿Cuál es entonces la moraleja?

Que los huesos siempre van a aparecer de alguna manera u otra. Todas las heridas, si están mal cerradas, volverán a infectarse. Todo lo no dicho, lo no hecho, según avance el tiempo se acercará más a la tragedia que a una resolución sana.

¿Crees que la industria del cine vasco está en su apogeo? Últimamente estamos viendo muchas producciones en euskera.

Yo me siento muy afortunado porque he empezado a trabajar en el audiovisual vasco cuando las cosas empezaban a moverse más. Ha costado levantar películas en euskera y hoy en día, además de que salen obras muy diversas, creo que hay un respeto hacia el cine vasco y una mayor visibilidad. Miro alrededor y hay muchas películas, incluso que vienen de fuera, de producciones que ruedan enl País Vasco. En cuanto a producciones autóctonas... creo que sí, que nos los estamos creyendo en el buen sentido. Hemos acertado con varias teclas y géneros distintos y están surgiendo propuestas con mucho recorrido en festivales. Y ya te digo que me siento muy afortunado porque esto hace diez años no era algo tan sólido.

¿Cuál consideras que fue el punto de inflexión en tu carrera?

Yo creo que a nivel profesional Handia ha marcado un antes y un después porque me ha colocado en el mapa, y lo ha hecho con una película muy estimada, que no siempre pasa, porque puedes ganar popularidad pero que el producto no te guste. En mi caso se dio la unión de ambas cosas. Para mí, en mi vida, es un antes y un después, pero también para el cine vasco: de pronto una película en euskera estaba nominada a 13 categorías en los Goya. Y no solo es cuestión de premios, sino de la aceptación en la prensa y en la taquilla. Eso me hizo muchísima ilusión porque todo cuesta más cuando se trata de lenguas minorizadas.

Patria acaba de terminar en HBO. Al principio se montó una gran polémica porque se decía que la serie blanqueaba el terrorismo de ETA, y cuando uno la ve o lee el libro de Aramburu se da cuenta de que es todo lo contrario. ¿Cómo vivisteis eso?

Era muy previsible que desatara polémicas, y eso lo único que ha hecho es hacer todavía más visible la serie y atraer a más gente. Creo que después de verla no cabe duda de que ha sido un gran acierto, que está hecha desde el respeto y desde una lectura profunda. Patria forma parte de un gran mapa de ficciones que se ha construido –y que se va a seguir construyendo– en torno a todos estos años tan dolorosos. Por lo tanto, yo me siento muy a gusto con que haya dado lugar a que hablemos y escuchemos más. Para mí forma parte de este mapa que iremos trazando tras poner la cámara en distintos ángulos.

Campanadas a muerto se estrenó en cines el 20 de noviembre de 2020.


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