Así es Sofia Isella, la artista que conquistó a Taylor Swift y que ahora será telonera de Florence + The Machine
Criada entre cámaras y guiones, Isella transforma su herencia artística en un sonido visceral y teatral

Sofia Isella en el Leeds Festival. / Matthew Baker
Cuando estás empezando en el mundo de la música, parece imposible llegar a acercarte a aquellos artistas que tienen una carrera más que consolidada. Ya sea para hacer colaboraciones o para ser sus teloneros. Sin embargo, Sofia Isella tuvo un golpe de suerte de los que no tiene todo el mundo; un día se despertó con una pregunta a la que la respuesta no podía ser otra que sí. "¿Quieres ser la telonera de Taylor Swift?" Fue su madre quien una mañana le hizo esta propuesta con la idea de abrir los conciertos de la estrella del pop en Wimbledon.
Sofia Isella, nacida y criada en Los Ángeles, es una de las voces más singulares de la nueva escena alternativa. Creció rodeada de arte mucho antes de subirse a un escenario. Su padre es el director de fotografía chileno Claudio Miranda, ganador del Óscar por La vida de Pi, y su madre, Kelli Bean, es escritora. De ellos heredó no solo la sensibilidad estética, sino también la disciplina y la ambición creativa que hoy definen su trabajo. Esa mezcla de influencias convirtió su infancia en un laboratorio artístico constante, donde la música convivía con cámaras, guiones y largas conversaciones sobre cómo contar historias.
Una artista multiinstrumentista de cuna
Multiinstrumentista desde la infancia, aprendió a tocar el violín con tan solo tres años, un talento precoz que marcó el inicio de una relación intensa y experimental con la música. A los quince comenzó a componer sus propias canciones, y con veinte ya se había convertido en una figura destacada dentro del circuito independiente, conocida por su estilo arriesgado y su capacidad para fusionar violines, guitarras, sintetizadores y arreglos de piano con letras cargadas de ironía, crítica social y humor negro.
LOS40
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Su propuesta artística se mueve entre lo gótico, lo alternativo y lo performativo. Isella no teme abordar temas como la depresión, la salud mental, el sexo, el cambio climático o el empoderamiento femenino, siempre desde una perspectiva provocadora y profundamente personal. Esta autenticidad fue precisamente lo que llamó la atención de Taylor Swift, quien decidió invitarla a abrir varios conciertos de la gira Eras, una oportunidad que Isella aprovechó para mostrar un sonido oscuro, ruidoso y emocionalmente incómodo ante decenas de miles de personas. Este año acompañará a Florence + The Machine como telonera en varias fechas, una oportunidad que confirma su ascenso meteórico y su capacidad para conectar con públicos muy distintos sin renunciar a su identidad.
Lejos de suavizar su estilo para encajar en un público masivo, Isella optó por presentarse tal cual es: una artista que desafía expectativas y que incomoda a la mirada masculina, como han señalado varios medios. Su paso por los escenarios de Swift no solo amplió su audiencia, sino que consolidó su reputación como una de las creadoras jóvenes más audaces del panorama actual.
La mirada que incomoda a los hombres
A menudo se comenta que Sofia Isella tiene una mirada que incomoda a los hombres, y no se trata de una frase hecha ni de un gesto calculado. Su presencia escénica —intensa, directa, sin filtros— rompe con la expectativa tradicional de la artista joven que debe mostrarse amable o complaciente. Isella sostiene la mirada con una mezcla de desafío y vulnerabilidad que desarma, porque no busca seducir ni suavizar su mensaje. Esa intención es precisamente lo que provoca incomodidad en ciertos espectadores.
Además, su mirada se ha convertido en una extensión natural de su discurso artístico, que aborda temas como el poder, el control y la forma en que la sociedad observa los cuerpos femeninos. Cuando Isella mira al público, lo hace desde un lugar de autonomía absoluta, reclamando un espacio que históricamente se les ha negado a las mujeres en la música. Esa frontalidad desmonta dinámicas de género muy arraigadas y convierte su mirada en un gesto político, artístico y profundamente incómodo para quienes no están acostumbrados a ser observados de vuelta.












