Treinta años del adiós de Phil Collins a Genesis: una despedida que confirmó una doble carrera irrepetible
El batería y cantante abandonó la formación para concentrarse en su trayectoria en solitario

Phil Collins, en un retrato de 1985.
El 28 de marzo de 1996, Phil Collins hizo oficial lo que en realidad llevaba años gestándose en silencio: abandonaba Genesis de forma definitiva. No era una ruptura traumática ni un portazo inesperado, sino la consecuencia lógica de una situación que llevaba tiempo siendo evidente. Collins ya no era solo el batería y cantante de una de las bandas más influyentes del rock progresivo británico. Era, sobre todo, una estrella global en solitario.
Cuando Collins entra en Genesis en 1970 lo hace como batería, en sustitución de John Mayhew, en una banda que entonces orbitaba en torno a la figura de Peter Gabriel. Durante aquellos primeros años, Genesis construyó su identidad dentro del rock progresivo, con álbumes como Nursery cryme (1971) o Foxtrot (1972), en los que Collins ya empezaba a destacar por un estilo preciso, técnico y sorprendentemente emocional para un instrumentista.
La gran sacudida llega en 1975, cuando Gabriel abandona el grupo. Genesis se enfrenta entonces a una encrucijada: encontrar un nuevo cantante o redefinirse desde dentro. Tras una búsqueda infructuosa, es el propio Collins quien asume el papel vocal casi por descarte. Lo que parecía una solución provisional acabó marcando el rumbo del grupo durante dos décadas.
LOS40 Classic
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Con Collins al frente, Genesis inicia una transición paulatina desde el progresivo más complejo hacia un sonido más accesible y orientado al pop rock. Discos como A trick of the tail (1976), Duke (1980) o el masivo Invisible touch (1986) consolidan esa transformación. Este último, por cierto, se convirtió en el mayor éxito comercial del grupo en Estados Unidos, alcanzando el número uno en el Billboard 200 y generando varios singles de enorme impacto.
Pero mientras Genesis evolucionaba, Collins comenzaba a construir en paralelo una carrera en solitario que, con el tiempo, acabaría superando en popularidad a la propia banda. Su debut, Face value (1981), incluía “In the air tonight”, una de las canciones más icónicas de los años ochenta. A partir de ahí, el éxito fue constante: No jacket required (1985) vendió más de 20 millones de copias en todo el mundo y le consolidó como uno de los artistas más influyentes de la década.

Esa doble vida —líder de Genesis y superestrella en solitario— terminó generando un equilibrio inestable. La actividad del grupo se volvió cada vez más esporádica. Entre gira y gira, Collins se volcaba en sus propios proyectos, en bandas sonoras, en colaboraciones y en una agenda que poco a poco se alejaba de la dinámica colectiva de Genesis.
Cuando en 1991 el grupo publica We can’t dance, su último disco con Collins, el desgaste ya es perceptible. El álbum funciona bien —incluye éxitos como “No son of mine” o “I can’t dance”—, pero también deja la sensación de estar cerrando una etapa. Cinco años después, la confirmación llega en forma de comunicado: Collins deja la banda para centrarse en su carrera individual.
La reacción, curiosamente, fue más de comprensión que de sorpresa. A esas alturas, Collins llevaba más de una década siendo un fenómeno global por derecho propio. Su voz, su estilo y su capacidad para moverse entre el pop, el soul y la balada lo habían convertido en un artista independiente de cualquier etiqueta grupal.
Genesis, por su parte, decidió continuar. En 1997 publicó Calling all stations, con Ray Wilson como nuevo vocalista. El disco, sin embargo, no logró replicar el éxito de etapas anteriores y evidenció hasta qué punto la figura de Collins había sido central en la identidad del grupo. Aquella encarnación de Genesis tuvo un recorrido breve y, en la práctica, supuso el cierre de su trayectoria discográfica.
Con el paso del tiempo, la salida de Collins ha sido reinterpretada no como una ruptura, sino como el desenlace natural de una carrera doble difícilmente sostenible. Pocos artistas han logrado mantener durante tanto tiempo una presencia simultánea en una banda histórica y en una trayectoria en solitario de primer nivel.
En años recientes, la figura de Collins ha adquirido además un matiz más humano y vulnerable. Problemas de salud derivados de lesiones en la columna y complicaciones neurológicas han limitado su movilidad y su capacidad para tocar la batería, el instrumento con el que empezó todo. En sus últimas apariciones públicas, ya durante la gira de despedida de Genesis en 2021 y 2022, cantaba sentado, mientras su hijo Nic ocupaba su lugar a las baquetas.
Esa imagen —la de un músico que cierra el círculo acompañado por la siguiente generación— contrasta con la del artista que en 1996 decidió, simplemente, seguir su propio camino. Pero en ambos casos hay un hilo común: la conciencia de que cada etapa tiene su tiempo.
Aquella despedida de Genesis no fue un final abrupto, sino una forma de ordenar una carrera que ya había crecido en dos direcciones. Y, en cierto modo, también fue la confirmación de algo que el público llevaba años sabiendo: que Phil Collins ya no pertenecía del todo a ningún grupo, porque hacía tiempo que se había convertido en un género en sí mismo.












