60 años de Marta Sánchez: las mil vidas de una estrella que sobrevivió a todas sus versiones
De símbolo sexual del pop español a gran voz melódica, su carrera siempre fue mucho más compleja de lo que parecía

Marta Sánchez, siempre diva. / Pablo Cuadra
Antes de convertirse en icono pop, en portada provocadora o en figura habitual de la prensa del corazón, Marta Sánchez ya tenía una voz reconocible. Potente, afilada, muy técnica y al mismo tiempo capaz de sonar frágil cuando la canción lo necesitaba. A veces eso quedó sepultado bajo el personaje. Bajo la melena rubia imposible de los ochenta, las fotografías hipersexualizadas de los noventa o esa condición de celebridad nacional que en España tantas veces acaba eclipsando el talento musical. Pero si algo demuestra su trayectoria, ahora que cumple 60 años este 8 de mayo, es precisamente su capacidad para atravesar todas esas capas sin desaparecer nunca del todo.
La primera gran transformación llegó con Olé Olé. Cuando Marta Sánchez entró en el grupo en 1986 para sustituir a Vicky Larraz, el reto no era pequeño. Olé Olé ya era una banda popular dentro del pop español de los ochenta, pero con ella encontró una dimensión mucho más masiva y visual. La llegada coincidía además con una España que estaba descubriendo otra relación con el espectáculo, con la televisión y con la propia idea de modernidad pop.

Ahí apareció aquella imagen que terminaría persiguiéndola durante años: la bomba rubia sofisticada, mezcla de estrella italiana, pin-up y diva mediterránea. Canciones como “Bailando sin salir de casa”, “Lili Marlen” o “Soldados del amor” terminaron de convertirla en una de las figuras más reconocibles del final de la década.
LOS40 Classic
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Pero incluso en aquel momento de explosión visual había algo más interesante debajo. Marta Sánchez cantaba muy por encima de la media del pop español de la época. Había potencia, afinación y una facilidad poco común para moverse entre registros melódicos muy distintos. Solo que muchas veces la conversación pública prefería centrarse en otra cosa.
Y ella misma jugó también con esa construcción. La portada que protagonizó para la revista Interviú en 1991 terminó de consolidar su condición de símbolo sexual nacional. Era una época donde el estrellato femenino en España todavía se medía muchas veces desde parámetros profundamente masculinos: cuánto provocaba, cuánto escandalizaba, cuánto deseo generaba. Marta Sánchez entendió perfectamente las reglas de aquel juego mediático y supo utilizarlas.
Aunque quizá ningún episodio simbolice mejor esa mezcla de fascinación, exceso y personaje público que aquella actuación de 1990 para las tropas españolas en la fragata Numancia durante la Guerra del Golfo. Las imágenes de Marta Sánchez cantando ante militares españoles terminaron convirtiéndose casi en un icono involuntario de una época muy concreta del país: una España que quería parecer moderna, internacional y espectacular, aunque todavía arrastrara muchísimas contradicciones culturales.

Con el tiempo, además, su figura atravesó otra mutación interesante: la de icono gay. Algo que en realidad comparte con muchas grandes divas pop, pero que en su caso tuvo características muy españolas. Había dramatismo, glamour, himnos sentimentales y también cierta capacidad para sobrevivir públicamente al desgaste mediático. Porque Marta Sánchez ha convivido durante décadas con algo muy español también: la tendencia a trivializar a las mujeres populares cuanto más famosas se vuelven. Y, sin embargo, las canciones seguían ahí.
Cuando inició su carrera en solitario en los noventa, consiguió algo que no siempre resulta fácil tras abandonar un grupo de éxito: construir un repertorio propio reconocible. “Desesperada”, “Arena y sol”, “Soy yo” o “Colgando en tus manos” —ya junto a Carlos Baute muchos años después— ayudaron a consolidar una carrera larguísima y extraordinariamente transversal. Marta Sánchez logró sobrevivir a varias industrias musicales distintas: el pop televisivo de los ochenta, la era de los videoclips noventeros, la prensa rosa de los dos mil y el ecosistema digital posterior. Eso no ocurre por accidente.
Hay además algo generacional en su figura. Durante mucho tiempo representó una feminidad muy concreta dentro del entretenimiento español: exuberante, sofisticada, muy consciente de la imagen. Pero vista hoy, con distancia, su trayectoria también habla de una mujer que tuvo que negociar constantemente con la mirada pública. Con lo que se esperaba de ella visualmente y con la necesidad permanente de demostrar que detrás de todo aquello había una cantante sólida. Porque la había.
Y probablemente esa sea una de las razones por las que Marta Sánchez sigue ocupando un lugar tan reconocible dentro de la cultura pop española. No solo por las canciones o por la nostalgia de los ochenta y noventa, sino porque su carrera resume muchas transformaciones del propio país: la explosión televisiva, el culto a la celebridad, la sexualización de las estrellas femeninas, la cultura del espectáculo y también la supervivencia artística.
Marta Sánchez sigue siendo muchas cosas al mismo tiempo. Diva pop, icono kitsch, figura mediática, símbolo de una época y, a veces injustamente olvidado entre todo ese ruido, una de las grandes voces comerciales que ha dado el pop español contemporáneo.












