Cómo tener la vida de Dua Lipa: bienvenida a la era del bienestar performativo
Ya no nos basta con el lujo material; ahora también aspiramos a un lujo psicológico

Dua Lipa actuando en el escenario durante su gira 'Radical Optimism' en Anfield el 24 de junio de 2025 en Liverpool, Inglaterra. / Dominic Lipinski
Hay algo curiosamente agotador en ver a Dua Lipa desayunar. No porque haga nada cuestionable, sino porque todo en ella funciona demasiado bien. Vive encadenando, casi sin esfuerzo, una sucesión infinita de atardeceres mediterráneos. Y, en ese escenario, la fantasía ya no es ser rica. La fantasía es tener energía. Como si la distancia entre Dua y nosotras no estuviera en el dinero, sino en haber entendido algo antes que el resto: que la vida ocurre fuera de casa. Dua Lipa siempre está fuera. Y esa, al final, es la verdadera fantasía.
Todas queremos la vida de Dua Lipa porque parece una existencia donde el placer y la disciplina finalmente han hecho las paces. Donde la productividad convive con el ocio. Es el sueño neoliberal definitivo, optimizar incluso el disfrute.
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No importa si está en París, en Ibiza o en un restaurante diminuto de Palermo donde las mesas son demasiado pequeñas. La sensación es siempre la misma. Dua entiende que vivir consiste en desplazarse hacia el placer con una disciplina profesional. Mientras el resto estamos sintiéndonos culpables por no haber "aprovechado el día", ella parece haber comprendido que aprovechar el día puede significar exactamente lo contrario, sentarse al sol durante tres horas sin producir absolutamente nada.
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Internet está obsesionado con ella. Porque ya no aspiramos únicamente al lujo económico; aspiramos al lujo psicológico. Queremos esa ligereza. Queremos mirar una terraza al sol y sentir que tenemos derecho a sentarnos. Queremos hacer planes improvisados. Queremos vivir como si fuéramos extranjeras en nuestra propia ciudad.
Durante años nos convencieron de que el éxito tenía una estética corporativa concreta. Ahora el péndulo se mueve hacia otro sitio. La nueva aspiración cultural consiste en quitarle importancia al trabajo. El sueño ya no es convertirse en CEO; el sueño es estar un martes cualquiera sin mirar el móvil, como si el tiempo no tuviera dueño.
Dua Lipa representa exactamente eso. No trabaja menos que nadie, pero ha conseguido construir una imagen donde el trabajo desaparece. Nunca parece estar "gestionando cosas". Nunca parece correr. La vemos bailando en un club, caminando sin prisa, besándose en una moto, fumando en una terraza. Incluso sus fotografías gritan: "sal de casa inmediatamente".
Y claro que hay privilegio ahí. Pero lo estamos obviando porque queremos ver la luz al final del túnel en una juventud que pasa dentro de una oficina. Así que diremos que lo verdaderamente magnético es otra cosa, su capacidad para convertir cualquier momento cotidiano en una pequeña escena cinematográfica. Comprar flores. Tomar un aperitivo. Cruzar una calle de noche. Existe una intensidad en su manera de habitar el mundo que hace que nuestras propias vidas parezcan excesivamente administradas.
¿Estamos desperdiciando algo? La posibilidad de entender que muchas de las cosas que asociamos al hedonismo ya existen a escala doméstica. Tus amigos siguen vivos. Hay música sonando en algún sitio. La tragedia contemporánea es que haya una persona reorganizando una carpeta de Google Drive. Dua Lipa está más cerca de priorizar una cena con tu abuela, que no nosotros mismos.













