‘Bad Bunny ganó a las máquinas’, la reflexión de la periodista Marta Fernández: “Perrear, en este libro, no es una frivolidad: es una declaración de existencia”

Un ensayo sobre lo que supone Bad Bunny en un mundo donde la IA cada vez está más presente

Bad Bunny, en su concierto en Lisboa 2026. / Fotos de Edwin Rodríguez

Bad Bunny es una de las figuras más influyentes del mundo. Su música ha llegado a todos los rincones del planeta y ha generado debate. Hay quien ven en él a un reguetonero más con letras machistas y fiesta continua. También hay quienes han profundizado más en su música y han encontrado canciones de un hombre preocupado política y socialmente por su Puerto Rico natal, por las desigualdades de género, raza y sexo y por la búsqueda de la libertad en todas sus expresiones.

Lo cierto es que ha llamado la atención de distintos perfiles humanos, sobre todo, de los investigadores y analistas de la actualidad que quieren comprender el fenómeno que hay detrás de este artista.

Las profesoras de universidad norteamericanas Vanessa Díaz y Petra R. Rivera-Rideau, han recorrido la historia de Puerto Rico a través de su trabajo y han analizado momentos clave sobre las protestas y la música como resistencia como reacción al colonialismo, la crisis de la deuda o la gestión del huracán María. Recogen su investigación en PFKNR. Bad Bunny y la música como resistencia.

Te recomendamos

Pero no es el único libro que nos ha llegado estos días centrado en el cantante puertorriqueño. Marta Fernández, que muchos conocen por su etapa de presentadora de informativos, también ha analizado este fenómeno y ha compartido sus reflexiones en Bad Bunny ganó a las máquinas. Un ensayo sobre el artista que convirtió el perreo en una forma de resistencia contra la época de las máquinas.

Parte de ese contexto actual de la IA presente en cada ámbito de nuestras vidas. Ha llegado para quedarse y para invadir nuestras vidas y crear desconfianza ante lo que vemos que ya no podemos dar por veraz, sino que hay que cuestionarlo como punto de partida. Sí, nos ayuda a ser más productivos, nos hace textos, traducciones, trabajos e incluso canciones. Pero si hay algo que todavía no ha conseguido es sentir. Las máquinas no pueden dudar, equivocarse, echar de menos, enamorarse, bailar, sudar, desear, recordar, llorar por una canción o celebrar que la vida sigue latiendo. Bueno, equivocarse sí, pero todo lo demás, todavía no lo han conseguido.

Si hay un artista que permite pensar qué nos queda de humano en la era de la inteligencia artificial, ese artista es Bad Bunny. No porque sea perfecto, sino precisamente porque no lo es. Porque su voz no suena como la de una máquina. Porque su dicción, su cuerpo, sus gestos, sus errores, su desparpajo y su forma de estar en el mundo no pertenecen al reino de lo calculado, sino al de lo vivo. Y de ahí parte Marta Fernández para construir un libro que no es una biografía al uso ni tampoco un ensayo sobre IA.

“Es una crónica cultural, sentimental y política sobre un fenómeno que desborda la música. Bad Bunny aparece aquí como una figura capaz de iluminar algunas de las grandes preguntas del presente: qué significa crear cuando los algoritmos imitan la creatividad; qué significa tener una voz propia cuando todo tiende a volverse intercambiable; qué significa bailar cuando la vida se ha reducido demasiadas veces a mirar una pantalla; qué significa pertenecer a un lugar cuando ese lugar está amenazado; qué significa cantar en español desde el centro mismo de la industria global”, explica el equipo de Debate, la editorial que ha lanzado el libro este 4 de junio.

El sentimiento frente a los algoritmos

El libro parte de una premisa muy sencilla, pero a la vez profunda: Las máquinas calculan, los humanos sienten. “En sus páginas conviven Bad Bunny y Deep Blue, el reguetón y T. S. Eliot, el perreo y Descartes, Puerto Rico y la inteligencia artificial, los vinilos de salsa, la nostalgia familiar, el huracán María, el Super Bowl, las canciones de DeBÍ TiRAR MáS FOToS y la amenaza de un mundo en el que la creación se confunde con apretar una tecla”, avanza Debate.

Para Marta Fernández, Bad Bunny ha llegado para demostrarnos que no todo está perdido. “En una época en la que los algoritmos nos empujan a vivir pendientes de pantallas, métricas, tendencias y contenidos infinitamente replicables, su música nos devuelve al cuerpo. Nos obliga a mover un pie, a seguir un ritmo, a reconocer que seguimos siendo animales sensibles, contradictorios, vulnerables y deseantes. Perrear, en este libro, no es una frivolidad: es una declaración de existencia”, aseguran.

La periodista confronta lo que puede aportar a día de hoy la IA con toda su capacidad resolutiva y la emoción que sigue siendo propiedad de los humanos con todas sus imperfecciones.

Bad Bunny contra la lógica de la máquina

Las IA ha proyectado una imagen de perfección absoluta, pero carente de emoción y esa vulnerabilidad que tanto apreciamos y nos hace únicos. La pregunta no es solo qué pueden hacer las máquinas, sino qué no podrán vivir nunca. Y la lista ahí es larga.

Como expresa la editorial, la autora hace una defensa “del fallo que nos vuelve reales. De la duda que nos obliga a pensar. De la imperfección que nos permite reconocernos en otro. Una voz demasiado perfecta puede no decirnos nada; una voz quebrada, arrastrada o profundamente reconocible puede convertirse en refugio. La música de Bad Bunny, tal como la lee Marta Fernández, importa porque no aspira a borrar esas marcas humanas, sino a amplificarlas”.

La perfección está sobrevalorada y resta humanidad, “donde el algoritmo busca lo aceptable, el artista busca lo vivo. Donde la máquina calcula, el cuerpo responde”.

Perrear es cosa de humanos

Las que somos madres nos hemos pasado los últimos años procurando que nuestros hijos se despeguen de las pantallas, un universo en el que navegan en solitario y fuera de la realidad. Así que, todo lo que sea movimiento se aplaude con ganas. Y precisamente, Bad Bunny es movimiento. ¿Quién ha podido quedarse quieto cuando empieza a sonar una de sus canciones?

“Activa la cadera, el deseo, la piel, la risa, la cercanía con otros. Frente al mundo gaseoso de los algoritmos, el perreo devuelve peso, presencia y temperatura. Frente a la postrealidad de las imágenes infinitas, el baile recuerda que seguimos teniendo un cuerpo y que ese cuerpo quiere estar con otros cuerpos”, valoran desde Debate.

El perreo ha generado muchos debates entorno a lo que supone respecto a la mujer, ¿es empoderamiento o machismo? “Bailar es reconocer que no somos solo datos, patrones de consumo, perfiles, historiales, usuarios o predicciones. Somos respiración, sudor, torpeza, deseo, pudor, ritmo, cansancio, memoria muscular. Somos cuerpos atravesados por canciones”, mantiene la editorial en la línea del libro.

Pero es que, además, el baile no solo es frivolidad y diversión, puede esconder algo más y Bad Bunny “ha sabido convertir el disfrute en un espacio de afirmación: afirmación latina, puertorriqueña, popular, lingüística, sexual, generacional y política. En sus canciones, la alegría no niega el conflicto; lo atraviesa bailando”.

Puerto Rico, la memoria y la identidad

Y no se puede hablar de Bad Bunny sin hablar de Puerto Rico. Esa sí que es su gran obsesión y la diana de sus esfuerzos, sobre todo, tras lo ocurrido con el huracán María. En sus canciones hay crítica política y social, al colonialismo, a la precariedad, a las malas gestiones. Una forma de resistencia y de memoria, algo que pone sobre la mesa Marta Fernández que analiza ese peso en DeBÍ TiRAR MáS FOToS.

Su fama ha ido creciendo, pero eso no le ha arrancado de sus raíces y mira al mundo desde su Puerto Rico natal que nunca desaparece de su discurso, tampoco de su música. “La defensa de Puerto Rico es también la defensa de todo aquello que todavía no ha sido fotocopiado por el algoritmo global”, mantiene.

Una fiesta contra la homogeneización

Si algo han conseguido los algoritmos es crear patrones y perfiles que se repiten en contra de la particularidad y singularidad individual. Todo lo contrario que hace Bad Bunny con su música.

Si algo se le puede aplaudir al puertorriqueño es que “su éxito no consiste en haberse adaptado dócilmente a un molde global, sino en haber obligado a la industria global a escuchar otra cosa: otra lengua, otro ritmo, otra procedencia, otra actitud, otra forma de masculinidad, otra relación con el cuerpo, otra manera de entender la fama”.

Si algo nos ha demostrado Bad Bunny es que todavía hay capacidad de sentir y eso nos sigue distinguiendo de las máquinas.