Ilan Amores mira a España mientras prepara su próximo disco: "Ralphie Choo y Rusowsky son buenísimos, aunque todavía no compro"

Conocemos por primera vez a Ilan Amores en LOS40

Ilan Amores en la promoción de Caballo Negro

Ilan Amores en la promoción de Caballo Negro / Fidel Skuller

Son las cuatro de la tarde en Gran Vía 32 y estoy sentada en un bordillo, en la calle, comiendo al sol. Hace uno de esos días de septiembre en los que Madrid todavía insiste en que es verano. Hablo por teléfono con mi padre mientras termino de comer. Lo hago siempre antes de una entrevista. Consigo subir bastante menos nerviosa a la séptima planta de la radio.

Ilan Amores aparece puntual con su equipo. Cuando llegan varias personas juntas a una entrevista suele ser fácil saber cuál es el artista. La ropa hace parte del trabajo. Nos damos la mano y le digo que me llamo Lola. "Mi ex se llama Lola". Le pregunto si es española. "No, argentina". "Ah, es un nombre muy español", le digo. Seguimos hablando un rato sobre Madrid y sobre cómo lleva el día. Cuando terminemos piensa irse a comer un pincho de tortilla a Pez Tortilla. La entrevista todavía no ha empezado y ya llevamos unos minutos hablando.

Nadie parece tener demasiada prisa. Ilan no tiene demasiado interés por demostrar que le están pasando cosas importantes, aunque últimamente le estén pasando bastantes. Escucha de verdad, mira a los ojos cuando habla y también cuando le hablan.

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Muchos lo conocimos con Caballo Negro (2024), su último álbum de estudio y el disco que cambió la dimensión de su carrera. Canciones como Bar La Perla terminaron por convertir aquel proyecto nacido en un momento personal especialmente oscuro en su gran punto de inflexión. Ahora, en pleno movimiento, ha aparecido El Internacional, un EP de cinco canciones construido a partir de encuentros por el mundo, con Radio Malilla desde México, Ketama126 desde Italia, Solakinta y Razz desde España y Kirá desde Brasil. Salió el 13 de agosto, prácticamente con Ilan todavía haciendo y deshaciendo maletas por Europa.

Pero él ya está en otra cosa. Mientras todavía presenta El Internacional, trabaja en el álbum que seguirá a Caballo Negro. Si Caballo Negro salió de un momento en el que sentía que había tocado fondo, el próximo disco nace de las ganas de celebrar que las cosas, por fin, están saliendo bien. Durante la hora siguiente hablamos de todo lo que cabe entre esos dos lugares.

¿Qué tal estás, Ilan? Te daría la bienvenida a España, pero el sábado y el domingo ya tuviste dos conciertos en el Café Berlín, ¿has podido descansar?

Muy bien. Me encanta venir a España. La gente sabe vivir acá. Es muy amable, muy cálida. Hay algo en el ADN de la gente de acá que es muy de juntarse, de salir, de compartir, de sus afectos. Y eso se siente.

Cuando vengo intento hacer todo lo más español que pueda. Irme de tapas, descubrir sitios... De a poco voy encontrando mis rincones. Me gusta mucho el Pez Tortilla.

No es que hayas dicho cualquier sitio. Está muy buena esa tortilla. Oye, no es tu primera gira en España. El público europeo se sabe tus canciones, ¿te sentiste más argentino o más universal en esos conciertos?

Súper universal. Yo no tengo intenciones nacionalistas. Creo que el argentino tiene mucha fama de patriota y todo eso tiene un costado lindo porque nos une como pueblo, pero también muchas veces es la excusa para un montón de tonterías.

Yo no vengo con la bandera de mi país a otro país. Vengo con la bandera de un ser humano. Mis canciones hablan de cosas que les pasan a las personas, que me pasaron a mí, y espero que haya alguien del otro lado independientemente de su nacionalidad, su color, su raza, su altura o lo que se te ocurra. Estoy hablando de corazón a corazón.

Lo lindo de venir a otro país y que te reciban así es que comprobás la calidad de la materia prima con la que estás haciendo tu música. Si el mensaje se entiende del otro lado del charco, hay algo ahí que es una buena señal para mí.

En Dinamarca, por ejemplo, fue una locura. Llegamos a Copenhague pensando: "¿Qué hacemos acá?". Y de repente la sala estaba agotada y la gente se sabía las canciones. Había daneses, noruegos, suecos, gente que había viajado para el concierto. Es muy fuerte.

Yo había tocado diez años con una banda punk (Argies) y girábamos por Europa y Asia. Ahí fui aprendiendo el oficio, acostumbrándome a la montaña rusa de emociones de subirse a un escenario, viajar y vivir de la música. Pero cuando pasa con tu propia música es diferente.

Sacaste un nuevo EP, El Internacional, a mitad de gira. Como fan de muchos artistas, siempre me pregunto: ¿y ahora qué va a cantar? ¿Cómo es desde el otro lado cambiar el repertorio a mitad de gira? Quizá lo estabas deseando…

Creo que todo ese proceso desde afuera se vive de una manera y desde adentro tiene un caos al que yo ya estoy acostumbrado.

Yo puedo creer en un pedazo de papel que escribo ahora en un café y quizá eso sea una canción dentro de cinco años. En algún lugar de mi cabeza eso tiene que estar flotando y lo tengo que sostener.

Las canciones tienen procesos difíciles. No son lineales ni son dos más dos, cuatro. Estás trabajando con otro tipo de cosas, con otro tipo de herramientas. Así que medio que acepto ese caos.

A veces las canciones aparecen, algunas son más fáciles de cantar, pero tampoco tenemos un orden de "salió esto, hay que cantar esto". La regla de los shows es divertirnos mucho y cantar las canciones que tenemos ganas de cantar.

No siento mucho ese compromiso con la agenda. El escenario también es mi espacio para hacer lo que yo quiera y creo que la gente termina comprando eso. Hay mucha oficina en algunos espectáculos y nosotros queremos mantenerlo un poco caótico, para bien.

Con Caballo Negro alcanzaste la excelencia. Ahora llega El Internacional, ¿cómo convives con las expectativas?

No me importan mucho. Creo que parte de mi trabajo es no pensar en eso para que las cosas salgan bien.

¿Harías la música con las mismas ganas si no estuviera mirando nadie?

No siempre fue igual, pero ahora no siento diferente mi relación con la música porque haya más gente mirando. Cuando éramos tres, para mí era lo mismo. Era a muerte con esto.

Con el próximo álbum sí siento como un calor. Antes uno tiraba las canciones pensando: "Yo hago esto con todas mis fuerzas y ojalá aterrice en algún corazón". Pero ahora conocí a esa gente. Los vi, tienen cara, saben mi nombre, me hablan y me dicen: "Esta música me importa", "esta música me ayudó", "me sirvió para atravesar un momento duro", "me da ganas de reír", "me da ganas de llorar".

Eso lo siento en los hombros, en el alma y en los músculos de mis piernas. Es parte de lo que me sostiene para seguir haciendo esto. Yo no puedo defraudar a nadie y, a la vez, mi trabajo es defraudarlos a todos.

Caballo Negro fue como tocar fondo. Yo había llegado al límite de mi forma de hacer las cosas, como las había aprendido en el barrio, en la calle, en donde crecí, en la vida. Fue llegar a un punto de decir: "Ya está, ahora tenés que crecer, tenés que salir de este pozo".

El próximo álbum habla de otra cosa. De todo lo bueno que está pasando ahora, de festejar la vida y de plantarse con los valores de uno. Aunque el mundo esté loco, nosotros tratamos de ser humanos y de no vender plástico, que ya sobra.

Lo primero que me llamó la atención de El Internacional es que estaba repleto de colaboraciones. ¿Cómo se crea un proyecto así sin que las colaboraciones terminen definiendo el proyecto?

La idea era simple. Hacer un EP con gente de distintos países e intentar capturar ese año en el que nos pasamos viajando, en contacto con gente de otros lugares y descubriendo aliados.

Estuvo buenísimo porque los encuentros fueron muy naturales. Gente con la que hablábamos porque teníamos ganas de hacer música juntos, otros a los que conocíamos viajando y acabábamos metidos en un estudio.

Has colaborado con Solakinta y Razz, dos artistas de aquí. ¿Qué te ha llamado la atención de la escena española? ¿Qué has encontrado aquí que pueda entrar en tu universo musical?

De todo. Escucho música de acá todo el tiempo y ahora que venimos más seguido, inevitablemente algo de eso se va colando en el sonido.

Esta vez no estuvimos tanto en estudios porque tenemos el próximo álbum y la energía estaba puesta en hacer bien el tour, pero sí tuvimos algunos encuentros.

¿Hay algún artista español que tengas en el radar?

A mí me gustó muchísimo El Madrileño. Me pareció maravilloso. Me encantó ese disco. Y mis amigos me hablan mucho de Ralphie Choo y rusowsky. Todavía no terminé de comprar del todo con ellos, pero son buenísimos. Son tremendos.

Tienes un buen compromiso con la buena música y con la artesanía que implica la música completa. ¿Hay algo que nunca sacrificarías aunque te ayudara a llegar a más gente?

Creo que el mainstream simplemente se convierte en una caja de herramientas más grande.

Hay artistas en los que se siente que está hecho a mano, que transpiraron, que estuvieron encerrados noches descubriendo cómo hacerlo, que tienen un compromiso fuerte con lo que hacen. Si tenés eso, tu barco puede aguantar la tormenta del mainstream.

Después está lo que te pasa como ser humano. No es normal tener diez mil personas delante dos veces por semana, saltar de avión en avión y que todo el mundo te conozca. Eso vuelve loco a cualquiera. Es normal que tu música esté atravesada por esa experiencia.

Pero yo no pienso en la gente cuando voy al estudio. Cuando empiezo a pensar en la gente, me tengo que ir del estudio. Para mí es una señal de que algo no está funcionando bien.

Al estudio tenés que ir porque viste un pajarito amarillo y dijiste: "El pajarito amarillo me inspiró". Cuando empezás a pensar: "Uy, alguien va a decir qué boludo, mirá cómo le canta al pajarito amarillo", ahí tenés que levantar la guardia y proteger ese impulso que te dio ganas de hacer una canción.

Yo ando mucho en bici por Buenos Aires. Y, si aparece algo, paro y saco dónde escribir. Cuando aparece una canción hay que atraparla.

La Velada del Año es uno de los grandes acontecimientos de internet, con millones de espectadores. ¿Qué te enseñó aquella experiencia sobre la manera en que una canción puede llegar a un público que no te conoce por tus conciertos? ¿Te interesa que tu música tenga ese alcance?

Me gusta pensar que no tengo control sobre eso. Cuando llegué a La Velada pensé: "Esto es raro". Yo no quiero hacer esto todo el tiempo ni pensar cuál es el próximo evento así en el que me puedo meter. De hecho, me sentí un poco abrumado. Cuando terminó me fui a casa y me acosté a dormir. Ni una cerveza me tomé.

Lo impresionante fue comprobar que, con el amplificador correcto, esa música hecha de corazón a corazón podía tocar muchísimos corazones. Y hacerlo sin tener que meterle la música a la gente por la garganta. Eso es lo que me interesa. Confiar en la magia.

Yo veía documentales y pensaba: "¿Cómo se hace esto?". ¿Cómo conseguís tener este grupo de amigos bohemios que viajan por el mundo y la gente se emociona con su música? No hay fórmula. Tengo que confiar.

El año pasado acompañaste a Gaspi en su entrada a La Velada del Año con Bar La Perla. Este año has vivido la pérdida de dos personas importantes, Gaspi y tu amigo Lucas Vignale. ¿Qué significa hoy para ti escuchar Bar La Perla?

Es muy triste. Muy loco lo que pasó. Es difícil de explicar.

Lucas fue quien me metió en el mundo de Gaspi. Había hecho vídeos míos y era un amigo que estaba en un momento de su carrera mucho más colocado que yo. Creía en mí y, junto con otros amigos, hizo todo lo posible por abrirme puertas. Le salía natural porque era un tipo generoso.

Yo estaba de gira con Manu Chao y, la última noche de la gira, vi que había salido el vídeo de Gaspi con La Perla. Sabía que iba a salir, pero no entendía bien el tamaño de todo aquello. Me fui a dormir y al día siguiente tenía a todo el mundo escribiéndome. Todo había explotado. Nunca me había pasado algo así.

Después vino La Velada.

Lo que pasó con esa canción fue como si mi amigo me hubiera abierto la puerta de mi sueño.

Ahora la canto todas las noches. Hay gente que grita y llora con ella y yo tengo el privilegio de ver eso que siempre quise ver, ese público gritándome en la cara. Imaginate que tu amigo, antes de irse, te deja la llave de tu sueño.

Pienso en ellos todas las noches. Los extraño.

Con Gaspi había algo muy especial. Hay mucha espuma alrededor de gente como él, pero cuando hablábamos era muy tranquilo, muy humano y directo. Yo sabía que estaba haciendo humor con el mismo compromiso con el que yo hacía música. Para diez personas, para mil, para un millón. Estaba comprometido con ser excelente en lo que hacía porque sentía que para eso había venido al mundo.

Y Lucas igual. A Lucas lo encontraron abrazado a la cámara. Cuando encontraron esa cámara, seguía funcionando. Es una leyenda.

Tras La Velada y volver a casa, supongo que hay muchas reflexiones sobre el éxito y las masas. Tú, que eres una especie de carpintero de las canciones, ¿es difícil mantener la calidad y el cuidado de lo que haces cuando las herramientas mejoran y las condiciones son más fáciles?

Me encantó lo de carpintero de las canciones.

No, porque trato de observarlo como un contexto puntual y de sacar mis expectativas del medio para que pase la magia. Si empiezo a intentar manipularlo, probablemente me equivoque.

Hoy estoy acá, pero tengo la edad que tengo. No soy el mismo que era hace cinco años y, si Dios quiere, tampoco voy a ser el mismo dentro de cinco.

Hoy estoy en este lugar, con este estudio, estos productores y esta música. Intento no ponerle demasiado peso. Hoy tenemos que divertirnos, hacer música que nos guste y disfrutar haciéndola.

Ahora todo es más fácil, sí, pero aparecen otros desafíos. Aprender a lidiar con las masas, con el ruido…

Los obstáculos son otros y el contexto también define la obra.

Exacto. Caballo Negro salió porque yo estaba haciendo las cosas que estaba haciendo y viviendo lo que estaba viviendo.

Una vez escuché a una mujer en una reunión de Narcóticos Anónimos contar que era adicta a las pastillas para dormir. Decía que el médico le había mandado un cuarto y ella se tomaba una caja. Y decía: “Vivo esperando que alguien venga a buscarme y nadie viene”.

Me rompió el alma.

Después escribí una canción que dice: "Dijo un cuarto aquel doctor y ella se tomó una caja / y por siempre va a esperar que baje un ángel que no baja".

Para escribir ese verso tuve que vivir ese momento. Tuve que enfrentarme a eso.

Confío mucho en lo que me va pasando y en cómo lo voy tomando. Mi trabajo es estar atento. Y ahora estoy empezando a entender qué lugar ocupa en todo eso el ruido, que te conozca más gente y todo lo demás.

No le tengo miedo.

Te he escuchado en numerosas ocasiones decir que querías ser Travis Barker. Seguro que hay más de un niño diciendo que quiere ser Ilan Amores. Si pudieras hablar con el Ilan Amores que estaba en Canadá, sin banda, escribiendo canciones en una situación difícil, ¿qué le dirías hoy? ¿Y qué sueño todavía no te has atrevido a pedir?

Quiero grabar con Travis. Quiero grabar con Travis sí o sí.

Lo amo. Lo escuchás hablar y parece que estás escuchando a un chico de veinte años dentro de un hombre de cincuenta. Está conectado con su sueño, conectado con lo que vino a hacer al mundo.

Podés ponerle una mansión alrededor, tres Kardashians, doscientos mil dólares y doscientas cámaras. No va a cambiar eso.

Él atravesó un montón de infiernos como ser humano y, gracias a que se mantuvo firme en lo que vino a hacer al mundo, para mí fue un faro.

Me encantan esos tipos que duran. Y espero ser eso para alguien algún día. Que venga un chico y me diga: "Crecí escuchando tu música. Tu música me inspiró a perseguir mis sueños".

Encuentro una fuerza positiva enorme en cumplir los sueños. Cuando alguien te ve cumpliendo uno piensa: "Yo también puedo". Y eso le da ganas de ser mejor y de hacer las cosas mejor.

Por eso quiero grabar con Travis Barker. Porque ese día me voy a volver loco. Voy a pensar: "No puede ser. El mundo es un paraíso".

Con toda la mierda que pasa en el mundo, vale la pena estar vivo.

Qué suerte haberme levantado hoy para vivir esta magia y toda esta locura. Qué suerte haber transpirado y haber aguantado las tormentas.

Y si podés transmitirle eso a alguien durante un día, o aunque sea durante un rato, vale la pena.

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