40 años del tren de la Movida a Vigo: cuando metieron a toda una generación en un vagón con barra libre
Músicos, artistas y políticos protagonizaron un hermanamiento cultural que acabó pareciéndose bastante más a una juerga de fin de curso
Alaska, en concierto en 1985.
Alguien decidió que reunir durante toda una noche a Alaska, Carlos Berlanga, Ana Curra, Fabio McNamara, Alberto García-Alix, El Hortelano, Ouka Leele, músicos, pintores, fotógrafos, periodistas y políticos dentro de un tren rumbo a Vigo era una magnífica idea. Alguien decidió además que hubiera barra libre. Lo sorprendente quizá no sea lo que ocurrió después, sino que alguien esperara otra cosa. En la mañana del 20 de septiembre de 1986, hace ahora 40 años, aquella expedición desembarcó en Vigo dispuesta a hermanar oficialmente dos de los grandes focos de creatividad urbana de la España de los ochenta. El proyecto se llamaba Madrid se escribe con V de Vigo. La cultura estaba invitada; el desmadre llegó sin necesidad de invitación.
La ocurrencia tenía, en principio, cierta lógica. Madrid llevaba años convertida en escaparate de una transformación cultural que había producido grupos, fotógrafos, diseñadores, cineastas, pintores y personajes difíciles de clasificar. Pero a mediados de los ochenta la palabra "Movida" empezaba a resultar incómoda incluso para quienes supuestamente pertenecían a ella. Lo espontáneo se había institucionalizado; los políticos habían descubierto que aquellos jóvenes estrafalarios proporcionaban una estupenda imagen de modernidad y la marginalidad comenzaba a posar para la fotografía oficial.
Vigo tenía su propia historia. La ciudad atravesaba los años duros de la reconversión industrial, el desempleo y los conflictos del sector naval, pero paralelamente había desarrollado una escena cultural extraordinariamente fértil. Siniestro Total, Golpes Bajos, Os Resentidos o Aerolíneas Federales habían demostrado que la modernidad española no terminaba en la M-30. "No podemos escribir letras diciendo 'Me paseo por Berlín' porque nosotros nos paseamos por Porriño", había resumido Siniestro Total con bastante precisión geográfica.
El alcalde de Vigo, Manuel Soto, y el presidente de la Comunidad de Madrid, Joaquín Leguina, impulsaron entonces un encuentro entre ambas escenas. La idea consistía en que los madrileños viajaran primero a Galicia y que los vigueses devolvieran posteriormente la visita. Hubo dinero público —reconstrucciones posteriores sitúan el presupuesto en torno a 18 millones de pesetas— y un programa cultural considerable para apenas un fin de semana.
El problema empezó, naturalmente, en el tren. La expedición salió de Príncipe Pío la noche anterior a bordo del Rías Baixas. Carlos Leiro, fotógrafo y agitador cultural vigués que consiguió colarse en el viaje, lo recordaría muchos años después con una definición difícil de mejorar: aquello era "una auténtica barra libre". Cuando los pasajeros llegaron a Vigo por la mañana, la parte experimental del intercambio cultural llevaba ya bastantes horas en marcha.
Y el programa no concedía demasiado tiempo para recuperarse. Había exposiciones de pintura, fotografía, moda y diseño; aparecían nombres como García-Alix, Ouka Leele, El Hortelano o Sybilla; Antón Reixa estrenaba su opereta After shave; estaban previstos espectáculos callejeros, encuentros gastronómicos y un concierto con Siniestro Total, Los Nikis y Gabinete Caligari. Incluso cocineros del restaurante madrileño La Bola viajaron a Vigo con pucheros e ingredientes para preparar un cocido. Después llegaría una ruta nocturna por los locales vigueses. La agenda parecía diseñada bajo la hipótesis de que dormir era una costumbre burguesa perfectamente prescindible.
La crónica contemporánea de Ricardo Cantalapiedra en El País captó perfectamente el resultado: "Encuentros, pocos; vanguardia, incierta. Eso sí, muchas copas y mucha algarabía". Más que un intercambio de experiencias entre creadores madrileños y vigueses, las dos escenas tendieron a circular cada una por su lado. José Tono, director de La Luna de Madrid, resumió el papel de algunos participantes con una frase todavía más demoledora: "Nosotros somos comparsas".
Y entonces apareció Fabio McNamara. Durante la fiesta de despedida lanzó una botella que alcanzó en la cara a Teresa Lozano Díez, integrante de la delegación madrileña. La mujer tuvo que ser trasladada al Hospital General de Vigo, donde recibió tres puntos de sutura. McNamara acabó en comisaría y reconstrucciones posteriores aseguran que fue escoltado por la policía hasta el tren de regreso. Aquello terminó de proporcionar al hermanamiento cultural un final difícil de incluir en cualquier memoria institucional de actividades.
La segunda parte del proyecto nunca ocurrió. Los vigueses debían viajar a Madrid unos meses después, pero el tren de vuelta quedó cancelado. Quizá alguien decidió que determinadas experiencias culturales funcionan mejor cuando no se convierten en tradición.
Con los años, Madrid se escribe con V de Vigo ha adquirido además un significado menos divertido. Algunos protagonistas e historiadores lo consideran una especie de certificado de defunción de la Movida. No porque aquel fin de semana acabara realmente con nada —las escenas culturales no mueren un domingo por la noche—, sino porque condensó una contradicción que llevaba tiempo creciendo: aquello que había nacido de manera espontánea, nocturna, barata y en buena medida al margen de las instituciones viajaba ahora en un tren organizado por administraciones públicas, acompañado por cargos políticos y convertido en producto promocional.
Tampoco conviene caer en la caricatura. El encuentro reunió una cantidad extraordinaria de talento y reivindicó algo importante: Vigo poseía una escena propia, nacida en circunstancias sociales muy distintas de las madrileñas y capaz de producir algunos de los grupos más originales de aquella década. El problema fue que el supuesto hermanamiento acabó dejando más recuerdos de barras, fiestas y accidentes que de intercambio artístico.
Cuarenta años después, aquel tren permanece como una fotografía magnífica de 1986. Están los músicos, los fotógrafos, los diseñadores, los políticos, la voluntad institucional de apropiarse de una modernidad que ya era símbolo de la nueva España y, naturalmente, Fabio McNamara complicándolo todo. Querían demostrar que Madrid se escribía con V de Vigo. Y terminaron demostrando que quizá meter toda la Movida en un tren con barra libre no era la manera más sensata de comprobarlo.
