"Hay que enseñar a hacerse preguntas": la batalla contra la desinformación ambiental
Los bulos sobre el cambio climático se multiplican en las redes sociales, pero la desinformación ambiental es cada vez más sofisticada: ya no consiste únicamente en negar la ciencia, sino también en sembrar dudas, retrasar soluciones o hacer pasar por sostenibles actividades que no lo son.

La desinformación es uno de los grandes retos de nuestro tiempo. / franckreporter
Que haga frío un día no significa que el calentamiento global no exista. Un incendio tampoco demuestra que alguien esté quemando los montes deliberadamente para instalar placas solares. Sin embargo, mensajes como estos encuentran en las redes sociales un terreno perfecto para propagarse. La desinformación ambiental se ha convertido en un problema que va mucho más allá de los simples bulos y que puede influir en nuestra percepción de cuestiones tan importantes como el cambio climático.
"Desinformar no es solo publicar datos o argumentos falsos", explica Miguel Á. Valladares, biólogo y comunicador ambiental. También puede consistir en "maquillar, exagerar o minimizar una realidad", sacar datos de contexto, utilizar falsos expertos o seleccionar únicamente aquellos que apoyan una conclusión determinada. Y la propia complejidad de la ciencia facilita la tarea: trabaja con probabilidades, incertidumbres y fenómenos que pueden extenderse durante décadas, algo que hace más difícil interpretar correctamente determinadas informaciones.
Las estrategias están cambiando. Víctor Viñuales, cofundador y presidente de ECODES, recuerda que primero se intentó negar el cambio climático. Ahora que las evidencias se acumulan y sus efectos son cada vez más perceptibles, explica, parte de la desinformación admite que existe pero asegura que responde a causas naturales y que, por tanto, no merece la pena hacer nada. Otra estrategia consiste en "desacreditar las soluciones", desde los coches eléctricos hasta los aerogeneradores o los paneles solares.
LOS40
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Las 'fake news' abundan en las redes sociales. / Johner Images

Las 'fake news' abundan en las redes sociales. / Johner Images
El peligro de esta estrategia no está únicamente en conseguir que alguien crea una falsedad. Viñuales advierte de que muchas personas pueden quedarse "bloqueadas" ante las controversias y terminar sin actuar frente al cambio climático. Y ese puede ser precisamente uno de los objetivos de determinadas campañas: no hace falta convencer a todo el mundo de que la crisis climática es falsa si se consigue extender la idea de que no sabemos lo suficiente, las soluciones no funcionan o actuar resulta demasiado caro.
Del negacionismo al retardismo
Cristina Alonso Saavedra, responsable de Justicia Climática de Amigas de la Tierra, señala precisamente una de las mutaciones más preocupantes: el "retardismo" climático. Ya no se trata necesariamente de afirmar que el problema no existe, sino de “sembrar dudas sobre las medidas necesarias para solucionarlo, exagerar sus costes o transmitir la sensación de que ya se está haciendo suficiente”. A ello se suma el greenwashing, con empresas que presentan actividades o productos como sostenibles mientras ocultan parte de su impacto ambiental, una práctica a la que Europa quiere poner coto, tal y como te hemos contado en El Eco de LOS40.
Las redes sociales han multiplicado la capacidad de difusión de estos mensajes. Alonso habla de un efecto de "espejos deformantes": los algoritmos priorizan publicaciones emocionales y polarizantes para captar nuestra atención, lo que puede hacer que una minoría que difunde bulos parezca representar una opinión mucho más extendida. A ello se suma ahora la inteligencia artificial, que permite producir de manera rápida y barata imágenes, vídeos y textos falsos con apariencia de información rigurosa.

Diferenciar la información confiable de los bulos es clave. / Milamai

Diferenciar la información confiable de los bulos es clave. / Milamai
¿Qué hay detrás de todo esto? Los tres expertos apuntan a una combinación de intereses económicos, ideología y polarización, aunque también intervienen el desconocimiento o nuestros propios sesgos. Valladares recuerda que "tendemos a consumir información que coincide con nuestras creencias", mientras que Viñuales señala "los intereses de las empresas vinculadas a los combustibles fósiles y de países cuyas economías dependen de su venta". Alonso es todavía más contundente: "Para la industria de los combustibles fósiles, cada año que logren retrasar una regulación ambiental se traduce en miles de millones de euros de beneficios".
El problema es que resulta prácticamente imposible desmentir cada bulo que aparece en Internet. Valladares apuesta por "mejorar la cultura científica y enseñar a la ciudadanía a hacerse algunas preguntas básicas": ¿de dónde procede este dato?, ¿qué evidencia existe?, ¿hay consenso científico?, ¿puede haber intereses detrás? También reclama formación para periodistas y comunicadores que permita diferenciar correctamente entre evidencia científica, opiniones e incertidumbres.
"Lograr la acción de los convencidos es la gran tarea de nuestro tiempo"
Alonso considera, además, que centrarse únicamente en desmontar falsedades concretas es insuficiente. "Es como poner una tirita", señala. Su organización reclama "actuar también sobre las causas estructurales que facilitan su difusión”: algoritmos que premian lo sensacionalista, publicidad opaca o modelos de negocio en los que los contenidos falsos pueden generar ingresos. Viñuales, por su parte, cree que tampoco conviene dedicar todos los esfuerzos a una minoría negacionista: "Lograr la acción de los convencidos es la gran tarea de nuestro tiempo".
Combatir la desinformación ambiental no consiste simplemente en sustituir unas opiniones por otras. Como resume Valladares, "no podemos combatir la desinformación diciéndole a la gente qué tiene que pensar". La clave está en proporcionar las herramientas necesarias para distinguir una afirmación respaldada por evidencias de otra que no lo está. Una capacidad cada vez más importante en un ecosistema informativo en el que una mentira puede recorrer las redes sociales mucho antes de que alguien tenga tiempo de desmentirla.













