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    Celebramos el Día Mundial de la Radio como mejor sabemos, con emoción

    Mi adolescencia la pasé escuchando al eterno Joaquín Luqui perpetuar su ya clásico 'tú y yo lo sabíamos'. Un Luqui que supo entender como nadie la auténtica revolución que trajo LOS40 a la radio musical del país

    Celebramos el Día Mundial de la Radio como mejor sabemos, con emoción

    Joaquín Luqui, uno de los mejores y más carismáticos locutores de LOS40. / LOS40

    He aquí un perdón anticipado por la melancolía que van a exudar estos párrafos. También una petición amistosa de comprensión ante lo que sin duda será una exposición de mi yo más personal, aspecto que a nadie debería importarle medio comino, pero que sirve -según mi percepción del asunto- como un improvisado trampolín universal. Un salto de lo particularísimo de quien aquí suscribe a un sentimiento general en el que muchas personas pueden sentirse ampliamente reconocidas. Feliz Día Mundial de la Radio.

    ¿Tenéis completamente identificado cuál es vuestro primer recuerdo de la radio? Es un proceso en el que intervienen muchos factores, la fantasía y la percepción subjetiva intoxicada por emociones diversas y un recuerdo obnubilado y para nada preciso, pero que sin duda prevalece sobre muchos otros de nuevo cuño en la memoria. Pues bien, el mío es estar en un salón de decoración bastante sobrecargada, bastante previa al estallido Ikea y los consejos de Marie Kondo, sentado en una alfombra tan áspera como colorida, al lado de dos cacharros cuya fisonomía recuerdo con increíble precisión. De un lado, un radiador incandescente de butano, tan ardiente como las llamas del infierno, e igualmente peligroso. Del otro, un pequeño transistor negro de naturaleza eminentemente humilde, estructura plástica y sonido metálico, dotado con tres ruedecitas. Una para regular el volumen. Otra que hacía lo propio con el tune. Y finalmente la rueda para desplazarte a través del dial. Con dos años de edad, parecía el típico juguetito interactivo que un alegre muchachuelo retoquetearía hasta la náusea. Pero allí estaba yo en mi condición de bebé impasible. Completamente quieto, casi hierático, escuchando hipnotizado una canción. Era esta:

    Cómo será de testarudo el recuerdo que cada vez que la escucho sigue poniéndome la piel de gallina. Y eso que si someto la canción a una criba en función de mis gustos musicales tendría que darme objetivamente igual. Pues ahí está, encendiendo mis procesos internos a base de pinzamientos de una forma tan mágica como inexplicable.

    Mi adolescencia la pasé escuchando al eterno Joaquín Luqui perpetuar su ya clásico tú y yo lo sabíamos, tres dos o uno. Un Luqui que supo entender la auténtica revolución que trajeron LOS40 a la radio musical del país.

    Ese es mi primer recuerdo de la radio. Desde luego, el primero de miles. Desde entonces, esa fascinación no ha hecho más que crecer en mi interior. Y que experimento todavía como si siguiera siendo un criajo cada vez que escucho las señales horarias. Un silencio fragmentado en mil pedazos por timbres agudos, constantes. Una alerta que continúa alertándome aún con un extraño poder de convocatoria. Mi adolescencia la pasé escuchando al eterno Joaquín Luqui perpetuar su ya clásico tú y yo lo sabíamos, tres dos o uno. Un Luqui que supo entender la auténtica revolución que trajeron LOS40 a la radio musical del país.

    Después llegó la obsesión, primer plato, segundo plato y postre de la adolescencia, a través del frenesí inherente al descubrimiento de nuevos grupos en Del 40 al 1. Pegado al radiocassette con una cinta TDK de 90´insertada en su interior, para ejecutar el que probablemente sea el gesto más repetido de mi adolescencia -sin contar con otros de contenido más propio de la exploración del propio cuerpo, se sobreentiende-. Dedo en el botón del PLAY y en el del REC de forma simultánea y rezar para que se cumplieran ciertas condiciones:

    1. Que se radiara aquella canción que te tenía en vilo y necesitabas escuchar en bucle una y otra vez

    2. Darle a los consabidos botones en el momento preciso

    3. Rezar porque no se colaran las señales horarias o se cortara la canción a la mitad por cuestiones de escaleta

    3. Tener la suficiente destreza como para no sobreescribir ese nuevo audio encima de otra canción previamente grabada que no querías perder por nada del mundo.

    Al final, todos estos pasos resultaban ciertamente frustrantes y la radio volvía a convertirse en una tabla de salvación. Aunque los canales pasaran a estar presintonizados y esa búsqueda manual maravillosa no tuviera ya razón de ser. Seguíamos dispuestos a saciar esa sed de conocimiento musical. Pero también amenizando esas vueltas del pueblo varados en monumentales atascos que se hacían más llevaderos con los goles en las Gaunas de un domingo a las cinco de la tarde. O las tertulias radiofónicas a horas intempestivas, esas donde todos los gatos son pardos. Donde el susurro adquiere fortaleza y las confesiones son más íntimas que si te las cuentan al oído, aunque al otro lado vaguen miles de almas solitarias a la escucha. Recordando al eterno personaje de Chris en Doctor en Alaska, ese loco trovador plagado de cordura cuyos soliloquios nos enamoraron más aún de nuestra querida radio.

    Estando tan presente en la vida de uno, parece casi imposible separarse de ella. Y así ha sido. Pese a la seducción de los nuevos formatos. Pese a la innegable atracción de lo audiovisual, siempre prevalece. Porque, al igual que en el caso de los libros y a diferencia de la televisión, la radio te obliga a un necesario ejercicio de imaginación, pero a la vez te sirve de herramienta para impulsarla. Del otro lado, una voz seductora, o una tan potente como cavernosa. Jugando al tan sencillo y a la vez tan complejo juego de cambiar palabras por emociones. De tu lado, toda la atención. O simplemente tenerla de fondo, como fiel compañera nunca intrusiva. Hay quien nunca podrá paladear esa magia. Quien piensa que sí, que el vídeo se cargó a la estrella de la radio.

    Para los que todavía creemos en ella, un consejo. Bloquea toda distracción exterior, siéntate en el lugar más cómodo de tu hogar, cierra los ojos y déjate llevar. Cuando vuelvas a abrirlos, probablemente le des las gracias a Marconi, a Hertz, a Cervera, a Tesla, a tu locutor favorito o a esa canción que te devuelve a empujones a un rincón escondido de tu más tierna niñez.

    Feliz #DíaMundialDeLaRadio.


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