Miguel Bosé relata con detalle el infierno que vivió con su padre en un safari que casi le llevó a la muerte

“El desprecio con el que mi padre me trataba me paralizaba”

Luis Miguel Dominguín y Miguel Bosé

Luis Miguel Dominguín y Miguel Bosé, una relación complicada. / Gianni Ferrari/Cover/Getty Images

El próximo 10 de noviembre podremos leer la autobiografía que lleva un tiempo anunciando Miguel Bosé: El hijo del Capitán Trueno. Su vida contada por él mismo con pelos y señales. Un viaje por un mundo lleno de extravagancias, famoseo y machismo, el de su padre.

De hecho, Miguel Bosé cuenta la pesadilla que vivió cuando su padre, Luis Miguel Dominguín, decidió llevarle de Safari. Todo empezó cuando el cantante le explicó de dónde salía el nombre que le había puesto a su caballo. Tiberio hacía referencia al emperador romano que construyó bonitas villas en Capri a donde tanto le gustaba ir a su madre, Lucía Bosé, algo que no le gustó a su padre que no entendía esa cultura y ese afán de leer que tenía su hijo.

Relata cómo el torero habló del tema con su madre: “«Lucía, me han dicho que el niño lee, que lee mucho, sin parar, y que se queda hasta altas horas de la madrugada bajo las sábanas con una linterna, y que luego en clase se duerme». Y mi madre le preguntó que cuál era el problema con que yo leyese, y él le contestó: «¡Maricón, Lucía, el niño va a ser maricón!... ¡Seguro!»”.

Lucía Bosé compartía su afición por la lectura con su hijo Miguel Bosé. / Gianni Ferrari/Cover/Getty Images

A Luis Miguel Dominguín le costaba comprender el carácter de su hijo y siguió en sus trece de hacer de él un hombre que disfrutara montando a caballo, yendo de cacería o de pesca, fumando y o pasando tiempo en compañía de mujeres.

Cuando tenía 10 años decidió llevárselo un mes de safari a Mozambique. Cuenta que antes de partir para África, “el doctor don Manuel Tamames entregó a mi padre un frasquito con unas píldoras chiquitas y le explicó que era quinina y que debíamos tomar una cada quince días, es decir, tan solo dos más aparte de la que tocaba al subir al avión, tres en total, y «que no se te olvide Luis Miguel, son contra el paludismo, y me da igual si tú no te las tomas, pero al niño se las das religiosamente o te mato»”.

Nunca le dio ninguna de esas pastillas y Miguel acabó cogiendo malaria. Pero antes tuvo que pasar por situaciones que no acaba de entender a su corta edad.

Un safari de pesadilla

Mi padre intentó que una bellísima nativa de dieciséis años, de ojos muy blancos que resplandecían a la luz de la hoguera desde el fondo de su negrura, me iniciase a la hombría”, recuerda. Simoes le hizo desistir de esa idea no fuera a ser que acabara contagiándole alguna enfermedad y le propuso que se fuera él con ella. “Mi padre, a quien no había que retarle con asuntos de mujeres, la agarró del brazo y se la llevó a su cabaña”, recuerda sobre lo que sucedió en el primer campamento.

Cada vez estaba más enfermo, pero su padre no le tuvo en cuenta. “Muy pronto, las caminatas se me fueron haciendo cada vez más duras, pero jamás protesté, no quería decepcionar a mi padre. Hasta que en una de ellas me desplomé, sudando y tiritando, blanco y frío como la tiza. Recuerdo entreabrir los ojos y ver a mi padre en pie junto a mí, a contraluz, reanimarme con la punta de su bota y decirme: «Venga, no seas nenaza, levántate y camina como un hombre y déjate de mareos o te vas a enterar lo que es uno de verdad del tortazo que te voy a meter, y basta ya de tonterías»”, recuerda sobre aquel viaje tan horrible para él.

La malaria no fue el único contratiempo que sufrió. “En una de las idas a la letrina del campamento, un hoyo cavado en la tierra sobre el que te acuclillabas y que hasta no llenarse no se tapaba con tierra para abrir uno nuevo al lado, me picó un alacrán y durante unos días estuve bajo morfina”, relata.

Sufrimiento tras sufrimiento, él se iba desahogando en el cuaderno que le había dado su madre para que escribiera un diario del viaje. Aunque en esas páginas no quería poner nada de lo malo que estaba viviendo para que su madre no lo leyera a la vuelta. “Me convertí en su hijo invisible y recuerdo haber llorado ríos y ríos deseando volver a casa”, escribe.

Luis Miguel Dominguín con su hijo Miguel Bosé en el campo. / Gianni Ferrari/Cover/Getty Images

Pero no, todavía tenía que presenciar la muerte de un elefante, o pasar varias noches durmiendo en el vehículo rodeado de armas porque un ataque de leones había destrozado el campamento. Su padre no se preocupó de él en todo el viaje sino más bien lo consideró un estorbo.

De vuelta a casa

“El desprecio con el que mi padre me trataba me paralizaba. Era una energía que me tiraba para atrás, como un zarpazo que me apartaba de todo con desdén. Añadamos a eso la profunda decepción, la vergüenza ajena y la molestia que yo le suponía. En aquel viaje pareció darse cuenta definitivamente de que de mí no conseguiría hacer nada, ni tan siquiera algo que pudiera parecérsele al más retrasado mental de sus genes. Me dio por perdido. Yo le cogí pánico”, recuerda sobre aquel momento.

Por fin volvieron a casa y su madre tuvo un ataque de ansiedad cuando le vio tan desmejorado. “Me fui a Mozambique pesando treinta y muchos kilos y lo que volvió de mí no llegaba a los quince”, admite Miguel en su libro.

Le llevó a casa y allí fue empeorando hasta entrar en coma. La familia movió Roma con Santiago para localizar al mejor médico en estos temas y finalmente lo localizaron en un crucero que tuvo que abandonar para tratar a Miguel. Relata cómo vio esa luz que algunos que han rozado la muerte reconocen, pero volvió. “El bicho que se me había instalado en el hígado, bien al reparo, fue otra de las desgraciadas herencias que recibí de mi padre”, reconoce.

Es tan solo un episodio de los muchos que recoge en este libro que va a dar mucho que hablar, seguro.


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