57 años de Palomares: el accidente nuclear que podría haber arrasado el sur de España

Hace hoy 57 años cayeron sobre Palomares (Almería) cuatro bombas nucleares tras un accidente de la aviación estadounidense.

Palomares

Las autoridades estadounidenses muestran una de las bombas recuperadas. / Getty Images

La localidad de Palomares, pedanía de Cuevas de Almanzora ubicada en el flanco oriental de Almería, es un lugar especial. Pero no por la belleza de sus calles ni lo pintoresco de su entorno natural. Ni siquiera por lo espectacular de sus playas. Lo es porque el azar quiso que allí cayeran, el 17 de enero de 1966, nada menos que cuatro bombas nucleares, en el que fue uno de los episodios más inquietantes de la historia reciente de España.

Los hechos se produjeron cuando un bombardero norteamericano B-52 colisionó con el avión nodriza KC-135 que lo abastecía de combustible. Cuatro de los siete miembros de la tripulación del B-52 pudieron saltar en paracaídas, mientras que los otros tres murieron. Ese fue el mismo destino de los cuatro tripulantes del avión nodriza. El B-52 portaba cuatro bombas termonucleares de 1 megatón cada una, lo que equivale a una capacidad de destrucción 70 veces superior a las de Hiroshima y Nagasaki. Afortunadamente, las bombas cayeron sin estar armadas, por lo que no se produjo una explosión nuclear. Tres de ellas fueron a parar a tierra. La cuarta, al mar, donde se encontró tras 80 días de intensa búsqueda.

No hace falta ser un experto en física nuclear para imaginar lo que hubiera ocurrido de explotar la carga que llevaban aquellas bombas. Se calcula que la onda expansiva habría arrasado buena parte del sureste del país, e incluso se habría sentido en Madrid. Y pese a que eso no se produjo, dos de las bombas sí liberaron su explosivo convencional al impactar contra el suelo, desperdigando los nueve kilos de plutonio que contenían en forma de aerosoles. Un veneno que hizo que se disparasen los índices de radiactividad hasta alcanzar niveles altamente peligrosos para la salud.

Actualmente, Palomares aún sigue siendo la localidad más radiactiva de España. ¿El motivo? Las autoridades estadounidenses solo reiteraron 270 gramos de plutonio: el resto quedaron esparcidos por la zona o en dos fosas de 3.000 y 1.000 metros cúbicos donde enterraron el material radiactivo. Lo hicieron, dicho sea de paso, con trajes de protección que no llevaban los agentes de la Guardia Civil que también participaron en el operativo, ante la mirada estupefacta de los habitantes de un lugar en el que ni siquiera había llegado aún la luz eléctrica ni el agua corriente.

Manuel Fraga, tras su célebre baño en Palomares. / Getty Images

Sí: en 1966 las cosas eran distintas, y también las prioridades. Eran los tiempos del “Spain is different”, el eslogan que ideó el ministro Manuel Fraga para atraer a un turismo que comenzaba a despuntar como el motor económico del país. De intentar vender una España en desarrollo tras dos décadas de miseria y oscuridad ocasionadas por la posguerra y la represión franquista. De sonreír y pensar en un futuro brillante y colorido. Y todo ello, en medio de una tensión internacional palpable a causa de la guerra fría que enfrentó a la Unión Soviética y EEUU, con España como fiel aliado estratégico de los segundos. Por eso, el propio Fraga no dudó en enfundarse el bañador y, junto al embajador estadounidense Angie Biddle Duke y un nutrido grupo de fotógrafos, bañarse en las playas de Palomares para tratar de demostrar que no había en esas aguas peligro alguno.

La realidad es que sí lo había. Estados Unidos presionó al Gobierno de Franco para mantener en secreto los informes de monitorización médica. Hubo que esperar hasta 1986, en plena democracia, para que se desclasificaran aquellos documentos. Sus conclusiones fueron contundentes: casi el 30% de la población de Palomares presentaba trazas de plutonio radiactivo en su organismo.

En 2020, y tras un requerimiento de la Comisión Europea (CE), el Consejo de Seguridad Nuclear (CSN) reanudó la medición de plutonio en un área de 40 hectáreas. De las 100 muestras recogidas entre la flora y la fauna locales, se halló contaminación radiactiva en 72 de ellas. Un problema que va para largo: el plutonio-239, utilizado en armas nucleares como las que cayeron sobre Palomares, tiene una vida media de 24.100 años.

Del plutonio al americio

Así pues, el tiempo no mejora la situación, sino todo lo contrario. Por un lado, la contaminación se ha ido extendiendo y dispersando en la zona. Por otro, parte del plutonio se está convirtiendo en americio, que es más radiotóxico y peligroso para la salud. Así lo denunció hace un año Ecologistas en Acción. “El plutonio emite radiaciones alfa que no atraviesan la piel, pero el el americio emite radiaciones gamma, que sí lo hacen”, explicaron en un comunicado. Para la organización ecologista, “antes el único peligro era ingerir o inhalar alguna partícula, pero ahora es peligroso el acercarse a la valla de los terrenos contaminados porque la radiación del americio alcanza a los transeúntes”. De hecho, y según sus cálculos, “cada vez que un transeúnte pasa por determinadas zonas del lugar, recibe una radiación equivalente a una radiografía de tórax”.

Dicho lo cual, ¿es peligroso vivir, veranear o simplemente pasear por Palomares? ¿Son seguros los alimentos que allí se siguen cultivando? Según Ecologistas en Acción, se está “utilizando a los habitantes de Palomares, a la fauna, la flora y al medio ambiente en general para experimentos científicos sin su consentimiento, lo que es contrario al artículo 6 de la Declaración Universal sobre Bioética y Derechos Humanos de la Unesco”. Por ello, si no se lleva a cabo un exhaustivo programa de vigilancia radiológica, la localidad es “un laboratorio a cielo abierto para estudiar el comportamiento de materiales fisionables liberados en el medio natural”, denuncian.

En el lado contrario de la balanza, la opinión de los responsables actuales. El pasado mes de noviembre, el director de Protección Radiológica del Consejo de Seguridad Nuclear declaró que “la población no tiene problemas de salud y que el medio ambiente está limpio”. Unas afirmaciones que difícilmente se pueden demostrar con estudios epidemiológicos ni estadísticas, dado que la práctica totalidad de esos datos son secretos, incluido el Plan de Rehabilitación de la zona.


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