Freddie Mercury habría cumplido 80 años: todo lo que hizo cuando Queen se le quedaba pequeño
El ballet, la ópera, el arte japonés o Montserrat Caballé descubren a un hombre movido por una curiosidad que desbordaba los límites del rock
Freddie Mercury, en un descanso de la gira de Queen por Japón en 1982. (Photo by Midori Tsukagoshi/ShinkoMusic/Getty Images) / Midori Tsukagoshi/Shinko Music
Durante unos días de 1979, Freddie Mercury descubrió músculos cuya existencia ignoraba. Wayne Eagling, bailarín del Royal Ballet, lo había convencido para participar en una gala benéfica y el cantante aceptó someterse a una disciplina bastante alejada de sus carreras por los escenarios de Queen. Barra, estiramientos, pasos ensayados durante horas. "Era un asesinato", recordaría sobre aquellas jornadas que lo dejaron dolorido de pies a cabeza. El 7 de octubre apareció en el London Coliseum con unas mallas plateadas, cantó "Bohemian rhapsody" y "Crazy little thing called love" y se dejó levantar y lanzar por los bailarines. Aquel episodio, aparentemente extravagante, explica bastante bien al hombre que este 5 de septiembre habría cumplido 80 años: Freddie Mercury sentía demasiada curiosidad como para conformarse con ser únicamente el cantante de una de las bandas más grandes del mundo.
Queen le proporcionaba un territorio extraordinariamente amplio. Dentro del grupo podía pasar del hard rock al music hall, del funk a la grandilocuencia operística y escribir algo tan inclasificable como "Bohemian rhapsody". Pero incluso aquello parecía insuficiente. Fuera de Queen buscó otros lenguajes, otras personas y, sobre todo, situaciones en las que volvía a ser un principiante. Resulta revelador que alguien acostumbrado a dominar estadios se sintiera atraído por disciplinas en las que tenía que observar, escuchar y aprender.
El ballet fue una de ellas. Mercury admiraba especialmente a Mikhail Baryshnikov y reconocía el enorme respeto que le producía la disciplina de los bailarines. Él funcionaba exactamente al revés: su movimiento sobre el escenario era instintivo, libre, imposible de encerrar en una coreografía. Aquella breve aventura con el Royal Ballet no inició una segunda carrera —nadie necesitaba semejante amenaza para la danza clásica—, pero sí mostró hasta qué punto su teatralidad procedía de lugares bastante más amplios que el rock.
También estaba el mundo que construía cuando bajaba del escenario. Mercury se convirtió en un coleccionista serio, particularmente apasionado por el arte y la cultura de Japón.Compró grabados ukiyo-e, cerámica, lacas y kimonos; reunió además decenas de libros sobre arte japonés y llegó a dedicar una habitación de Garden Lodge, su casa de Kensington, a sus piezas favoritas. Algunas las adquiría personalmente en subastas. En 1977 compró en Sotheby's una copia del célebre grabado de Hiroshige Sudden shower over Shin-Ohashi bridge and Atake. La subasta de sus pertenencias realizada en 2023 permitió comprender que aquello distaba mucho del capricho decorativo de una estrella rica: había estudio, conocimiento y un gusto desarrollado durante años.
Esa habitación japonesa de Garden Lodge estaba reservada a la tranquilidad y a muy pocos invitados. La imagen resulta casi inversa a la de Wembley: el hombre capaz de gobernar a 70.000 personas levantando un brazo necesitaba también espacios silenciosos donde contemplar objetos hermosos. En los últimos años de su vida todavía dibujaba algunas de aquellas piezas en un cuaderno.
Queen - Don't Stop Me Now (Official Video)
Musicalmente, la necesidad de salir de Queen se hizo más visible durante los años ochenta. "Love kills", escrita con Giorgio Moroder para su reconstrucción cinematográfica de Metropolis, se convirtió en 1984 en su primer single publicado como solista y alcanzó el número 10 británico. Un año después llegó Mr. Bad Guy, un disco mucho más electrónico, bailable y personal que le permitió trabajar sin el sistema de equilibrios inevitable entre cuatro músicos con criterio propio.
Pero ninguna escapada fuera de Queen explica mejor a Mercury que la que comenzó con una admiración casi de aficionado. En 1986, durante una entrevista para Informe semanal, le preguntaron por la ópera. Freddie habló de Montserrat Caballé y dejó claro que aquella era la voz que lo fascinaba. El mensaje acabó llegando a la soprano. El 24 de marzo de 1987 se encontraron en el hotel Ritz de Barcelona y lo que podía haberse quedado en la fotografía curiosa de una diva operística junto a una estrella del rock terminó convirtiéndose en una asociación artística.
Aquí aparece un Freddie particularmente atractivo: el hombre que impresionaba a todo el mundo estaba impresionado. Mercury comenzó a escribir pensando en las posibilidades vocales de Caballé, trabajando estrechamente con Mike Moran y entrando en un terreno que exigía otra disciplina. "Al principio pensé que solo iba a ser una canción", recordaría; fue la propia Caballé quien propuso hacer un álbum. Barcelona terminó grabándose entre enero de 1987 y julio de 1988 y Mercury lo consideró uno de los proyectos más gratificantes y valientes de su carrera.
El encuentro tenía además algo profundamente coherente con toda su trayectoria. A Freddie nunca le interesaron demasiado las fronteras que separaban la música supuestamente seria de la popular. Si una melodía lo emocionaba, el pasaporte estilístico importaba poco. "Barcelona" podía reunir una voz formada en el Conservatori del Liceu con otra educada entre Little Richard, Aretha Franklin, el rock y los clubes londinenses sin necesidad de pedir disculpas a ninguno de los dos mundos.
Caballé entendió perfectamente qué había detrás de aquella exuberancia. Después de la muerte de Mercury insistió en algo que a veces quedaba oscurecido por el personaje: Freddie era un músico capaz de sentarse al piano, componer y comprender cómo podían convivir voces procedentes de tradiciones radicalmente distintas.
Por eso mirar a Freddie Mercury fuera de Queen acaba siendo otra manera de comprender Queen. El ballet, los clubes, Giorgio Moroder, las subastas, Japón, la ópera o Montserrat Caballé no fueron distracciones de una estrella aburrida. Todo regresaba de alguna manera a su forma de entender el espectáculo, la composición y la belleza.
Aquel muchacho que había estudiado arte y diseño nunca dejó de mirar alrededor buscando algo que todavía no conociera. A los 80 años resulta tentador preguntarse qué habría hecho después, pero sería inútil inventarlo. Lo que dejó demuestra algo bastante más interesante: incluso después de conquistar el mundo con Queen, Freddie Mercury conservó una cualidad extraordinariamente difícil cuando uno se convierte en una estrella de su tamaño. Todavía era capaz de sentirse fascinado.
