Análisis: Rise of the Tomb Raider

El aprendiz supera al maestro

Ya hemos dicho estas últimas semanas que Microsoft quiere llevarse el gato al agua estas navidades. Ha empezado con exclusivas como Forza 6 (el mejor juego de conducción de la historia) o Halo 5 (uno de los shooters más esperados del momento, también en exclusiva) y ahora deja caer una exclusiva temporal del calibre de Tomb Raider. Sí, amigos, sólo los poseedores de una Xbox One (o 360 o PC) podrán hincar el diente a este Rise of the Tomb Raider en sus primeros seis meses de vida. Cada vez más razones para pedirle al bueno de Papa Noel que meta una One en el saco a vuestro nombre, no?

No sabemos si será exactamente así, pero quiero pensar que este reinicio de la franquicia de Tomb Raider nace de las (muy) buenas ideas que tuvo Naughty Dog para Uncharted. Era demasiado goloso ver a un tipo atractivo como Drake recorriendo el mundo pegando brincos de plataforma en plataforma, resolviendo tiroteos con soltura y descubriendo secretos y tesoros de generaciones pasadas; todo con un aroma cinematográfico de esos que pide película. De ese modo, Crystal Dynamics, que ya tenías sus años de contacto con Lara, decidió empezar con el folio en blanco, rejuvenecer a su personaje y montarle un juego a la altura de la competencia.

El primer (nuevo) Tomb Raider fue una maravilla; una historia tan atractiva como su protagonista, un control excelente tanto para las secuencias de acción como para la parte más “plataformera” y, algo que Nathan Drake nunca ha pulido lo suficiente, un arco silencioso que permite plantear un momentito largo de infiltración sin que los soldados den la alarma a la primera de cambio.

Todo eso funcionaba de maravilla y os decimos desde ya que está de vuelta en Rise of the Tomb Raider. Lara busca una fuente divina que su padre trata de localizar justo antes de ser asesinado; por el camino, como era de esperar, se encontrará a “La Trinidad”, una sociedad fanática con las mismas pretensiones que Lara, aunque con fines mucho más cuestionables. La aventura funciona de maravilla como película de aventuras, de eso no hay duda.

La sorpresa llega cuando nos damos cuenta de que lo que antes era una aventura (casi) totalmente lineal, se ha convertido en un juego (diremos “parcialmente”) de mundo abierto.

Lara sigue encontrando sus campamentos; en ellos se sienta y reflexiona en voz alta para que el jugador sienta compañía mientras modifica el arsenal, compra nuevas habilidades con los puntos de experiencia ganados o fabrica munición especial para alguna de las armas. El caso es que muchos de estos campamentos se encuentran en zonas abiertas que permiten y fomentan la exploración. ¡Ojo! No hablamos de “encuentra todas las dianas” o “encuentra todos los tesoros” (que también), hablamos de caminos alternativos que descubren criptas o tumbas escondidas en las que resolver algún puzzle ingenioso, hablamos de personajes secundarios que os plantean misiones con recompensa y experiencia propia, hablamos de caza de animales (todavía tiemblo cada vez que veo un oso descansando en mi camino) y búsqueda de materiales para fabricar equipo y modificar el ya existente…

Como veis, Rise of the Tomb Raider lleva la franquicia a un punto a caballo entre Uncharted y (digamos…) Far Cry. Convierte una aventura en línea recta que ya de por sí era entretenida y muy atractiva a nivel argumental en un juego en el que perder el tiempo con ganas buscando, cazando y completando misiones; con la posibilidad (como existía en el primero) de volver a campamentos ya visitados para utilizar nuevos ítems adquiridos y con ellos descubrir nuevas zonas en un principio inaccesibles.

Técnicamente es una pasada. Empieza a echarse en falta una tasa de frames más alta (aunque parece que la generación una vez más va a buscar los 30fps mientras que las versiones de PC seguirán evolucionando gráficamente de forma paralela), pero por lo demás es un portento visual; lo suficientemente cambiante para que nadie se aburra; presenta bosques, cumbres nevadas y heladas, desiertos áridos, cavernas húmedas y lúgubres; casi cualquier escenario posible en una aventura “a lo Indiana Jones”, y todo ello con las texturas y la iluminación más conseguidas que ha visto Xbox One hasta la fecha (salvando el realismo de Forza 6, aunque esto tira por otro camino).

Y no os preocupéis, aunque algunos de los videos que os pongamos estén en la lengua de Shakespeare, nuestra partida se ha jugado con un estupendo doblaje al castellano que nos libra de los molestos subtítulos y que os permitirá sumergiros de lleno en la historia.

Veo Rise of the Tomb Raider como una de las compras más claras para estas navidades y, quizás no por sí sola (puesto que simplemente es cuestión de tiempo que aparezca en la máquina de Sony) pero, junto a los últimos lanzamientos de Microsoft de cara a las fiestas, razón más que suficiente para ir pensando en poner una One al lado de vuestra tele.


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