A los que menospreciaban el arte habría que preguntarles qué harían ahora sin música, sin cine, sin libros...

“El arte puede cambiar cómo me siento por las mañanas" decía David Bowie

A los que menospreciaban el arte habría que preguntarles qué harían ahora sin música, sin cine, sin libros...

Marilyn Monroe / Getty Images

En estos días de encierro, corre por las redes una imagen que dice: "A los que menospreciaban el arte habría que preguntarles qué harían ahora sin música, sin cine, sin libros...".

Y es que, en algún momento, todos (incluso los artistas) hemos dudado de lo imprescindible que es tener un cuadro en casa, o escribir tus pensamientos, acompañarlos de música o producir series por encima de nuestras posibilidades.

Sin embargo, ahora que el mundo nos ha frenado por primera vez y nos obliga a pensar. Ahora que no podemos atiborrarnos de planes para evitar quedarnos a solas con nosotros. Ahora que queremos llenar las horas libres de pasatiempos. Ahora, y sin rencor, aparece el arte para salvarnos.

Estamos sacando brillo a las playlist que teníamos abandonadas, empezando los libros que siempre tuvimos pendientes, mendigando recomendaciones de series que se ajusten a nuestro perfil, revisitando esas películas a las que prometimos volver y desahogándonos dibujando y bailando por los pasillos.

Resulta que el arte sí era vital, solo que teníamos que soltar el piloto automático.

¿Nos habíamos convertido en robots, entonces? Parece que sí, menos los artistas.

Rosalía explicaba esta semana en 'El Hormiguero' que, aunque tiene días mejores y peores, "hacer música es lo que me mantiene en mi centro. El arte a mí me ayuda a sobrellevar situaciones dificiles".

Gracias a ello, el resto estamos disfrutando de su "Dolerme", el tema que sacó en pleno confinamiento "porque me resonaba y lo quise compartir".

Resulta que no son las fiestas con famosos las que le inspiran, ni los innumerables eventos a los que le invitan, ni una ajetreada agenda que nos dejaría sin respiración a cualquiera.

Así se lo contó también Pedro Almodóvar a Andreu Buenafuente cuando confesó que durante los primeros días de confinamiento, se dio cuenta de que él ya vivía encerrado desde hacía años, porque su vida no había cambiado.

Y aunque aseguró que sintió tristeza por descubrir en lo que se había convertido, la realidad es que gracias a esa soledad ha viajado a los Oscars por 'Dolor y Gloria'. 

Algo que me hace plantearme que, quizá, muchos de nosotros podríamos crear grandes obras (o pequeñas, qué más da) si nos quedáramos a solas con nosotros mismos. Si nos diéramos una oportunidad de adentrarnos en esa disciplina que a cada uno nos ha llamado la atención siempre pero nunca nos habíamos atrevido a probar.

Porque, como dice David Lynch, "el arte no cambia nada, el arte te cambia a ti", y ahora más que nunca sabemos que el cambio de una sola persona puede mover el mundo.

Tras años de culto a lo tangible, con este parón descubrimos que solo es la mente la que nos puede llenar de felicidad. Por lo que se nos plantea un fascinante dilema: o disfrutamos del arte o nos convertirmos en artistas. No queda otra.

O disfrutamos del arte o nos convertimos en artistas

O salimos a aplaudir y acabamos bailando o somos nosotros los que ponemos música para ver bailar  a nuestros vecinos. O descubrimos una serie adictiva y estamos hasta la madrugada viendo capítulos o escribimos el guion (aunque sea en nuestra mente) de una posible ficción. O reorganizamos la decoración de nuestra casa o pintamos el próximo cuadro que llenará uno de los rincones. O leemos o escribimos. O todo junto, porque por fin tenemos tiempo para que "el arte cambie cómo nos sentimos por las mañanas", como decía David Bowie.

Y pensar que, si de entre todo lo negativo que nos está invadiendo, al menos saldremos convertidos en una de esas dos opciones: a mí me mantiene en mi centro.


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