¿Es correcta la decisión de quitar las distinciones de género en los premios de cine?

El Festival de San Sebastián decide simplificar categorías y aunar en un solo premio de 'mejor interpretación' a hombres y mujeres

¿Es correcta la decisión de quitar las distinciones de género en los premios de cine?

Sigourney Weaver, rostro del Festival de San Sebastián de 2021 / AFP vía Getty Images / Anne-Christine Poujoulat

Hace unos días el Festival de cine de San Sebastián anunció que a partir de 2021 va a aunar en una sola categoría los premios de mejor interpretación masculina y femenina, desbaratando la tradición centenaria de dividir estos galardones según el género de sus artistas. Las intenciones, aparentemente, son buenas: fomentar la igualdad y eliminar cualquier tipo de distinción ya que, según los responsables del certamen, «el cambio obedece a la convicción de que el género, una construcción social y política, deja de ser un criterio de distinción en la actuación».

Bajo el paraguas de la necesaria promoción de la «sociedad igualitaria» y «feminista» se esconde un síntoma que, en este caso, podría ser contraproducente para este y otros eventos similares que en un hipotético futuro quieran seguir los mismos pasos: la falta de representatividad de los y las artistas que componen el vasto y complejo tornasol de lo cinematográfico. Si San Sebastián sirve como punto de partida para que, por ejemplo, premios como los Goya o los Óscar sigan el mismo camino en unos años, la cantidad de actores y actrices representados en este tipo de galas se verá drásticamente reducida.

De veinte actores y actrices nominados en categorías de mejor intepretación principal y mejor intepretación secundaria solamente quedarían diez. El cincuenta por ciento del talento se perdería por el camino. Un sector aparentemente más igualitario pero menos representado, lo que está lejos de nuestra idea de sociedad justa y equitativa. Además, reducir el número de nominados a la mitad plantea un nuevo dilema: ¿quiénes son estos nominados? ¿Hombres o mujeres? ¿O debe existir un cupo paritario?

Si hay más hombres que mujeres algunos tacharán el premio de machista o sexista y, por tanto, se revelará la ineficacia de la medida. Si hay más mujeres que hombres, estamos en las mismas: se produce un desequilibrio en la representatividad entre sexos, lo que contradice, nuevamente, la idea de igualdad y, además, da alas a la verborrea de los movimientos de ultraderecha y a los negacionistas de las políticas feministas, muchos de los cuales, en su distorsión de la realidad, consideran que el feminismo es sinónimo de supremacía de la mujer sobre el hombre, aunque tal planteamiento nos suene cavernario.

La solución a este hipotético dilema se antoja aún más problemático a medio y largo plazo: para solucionarse se puede establecer un sistema de cuotas de igual representatividad entre actores y actrices, un 50/50. Pero tal decisión va en contra de la libertad radical del arte. Los artistas merecen ser representados por su talento, no por cuotas que impongan que debe existir un número determinado de hombres frente a un número determinado de mujeres, ya que se estaría estableciendo el mismo patrón de distinción por categorías que se acaba de suprimir y, además, supondría que un año en el que no hay suficiente talento masculino o femenino deba haber, obligatoriamente, una presencia partiaria aunque quienes estén nominados y nominadas no la merezcan.

Al final el remedio es peor que la enfermedad: lo único que va a conseguir esta decisión es reducir la representatividad de los artistas. Habrá menos actores y actrices nominados o premiados, provocará iracundos debates en redes sociales sobre por qué gana un hombre o una mujer o por qué Pepito está nominado en vez de Pepita, y a la inversa, y al final se acabará volviendo todo un batiburrillo tan insoportable que se retornará a la receta original, que, a mi entender, no tiene nada de machista. Igual que hay hombres y mujeres distinguidos por su género, hay actores y actrices distinguidos por su talento, y no pasa absolutamente nada por que cada uno esté representado en su categoría.

Quizás una posible solución eficaz –aunque terrible si no queremos alargar más las soporíferas galas de entregas de premios– sea otorgar una estatuilla única y transversal que premie la mejor interpretación del año, además de las correspondientes a las de mejor actor y actriz. Podría ser una solución; un punto intermedio. No lo sé. Lo que sí tengo claro es que la igualdad se lucha desde la educación, la política y el arte, no con parches cortoplacistas que pretendan solucionar problemas que, a la larga, acabarán generando nuevos conflictos.


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